lunes, 5 de diciembre de 2016

Día 932: Democracia fingida

Se abalanzó sobre los restos de comida. Cinco meses del último banquete. El rey ha muerto, que viva el rey. Esa fantochada dijeron antes de enterrarlo y comprobar que aún vivía. Así es la miseria humana. Cinco meses llevaba oculto en el palacio. Afuera el clamor de la revolución pedía su cabeza.
Le dimos muchas facilidades a la plebe, no es de extrañar que algún día quieran más. Palabras de su sobrino, Conde de Tierras Rojas. Tenía razón. Toda la puta razón. Quizás el hubiera sido un mejor rey.  Mejor que este viejo decrépito al borde de la inanición. Un fantasma al borde del espejo.
A esos les llamaba sus pensamientos de ventana. Desde allí observaba a su antiguo reinado. Era el lugar más algo del Castillo, y del pueblo también. Es cierto, estoy sitiado. La rebelión ya había asesinado a la reina, a dos Duques, un Conde y tenía prisioneros a los día hijos del rey. Ese hombre, encerrado, alejado del poder, ya es hombre muerto.
Cada tanto venía la ilusión. El rey imaginaba un trato benévolo. No van a repetir conmigo lo de Francia, no. Vamos a hablar en buenos términos y llegaremos a un acuerdo. Fin de la historia.
Las antorchas y las armas apuntadas en dirección a su castillo cambiaban sus ánimos. Las charlas consigo mismo de extendieron por un largo mes más. Agotada hasta la última reserva de comida del Castillo, el rey se dio por vencido. Moriré loco, se dijo.
Vestido con solo una túnica verde salió adonde la plebe lo aguardaba desde hace seis meses. No pudo ensayar palabra alguna. Le volaron cerdos, tortas, papas y toda clase de comestible. Ese hombre necesita comer, gritaban. Que lo llenen. Que lo llenen. Ese era el cántico que entonaban las masas. Nunca tuvo un mejor banquete. Un banquete romano, sin dudas, pensó el rey satisfecho, antes que el dolor que le nacía del brazo izquierdo interrumpiera el festín.

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