martes, 13 de diciembre de 2016

Día 940: Poeta maldito

A este señor le gusta juntar huesos. Huesos de gente, de cosas muertas, personas ya no vivas, si me entienden. Una vez juró en una radio de barrio, una con alcance de cinco cuadras, más o menos, que tiene guardado en su galpón mágico los restos del Conde de Lautréamont. Este señor, por supuesto, es un excéntrico. Un loco lindo, tal vez. La vida nos da huesos, es su lema.
Y de las puertas para adentro, la privacidad. Ahí el hombre descalabró. Primero fue la observación. Nada raro en un tomador de huesos. Pero llegó la hora del baño. Dicen que el arte de la transfiguración en objetos es poco practicada. Un oficio desconocido, descubierto por un idiota que se baña con una pila de huesos a las siete de la tarde.
Las esencias volaron en todas direcciones. Millares de portales se abrieron. Unos cuantos fueron a parar a este señor. Los suficientes como para hacer parecer a la esquizofrenia un juego tonto.
Todas se pelearon para tomar el control. El anhelo más profundo de los muertos es la vida. Se saben condenados y esa es la verdad. El hombre fumó opio sin saber el por qué. Recordó Francia con una extraña melancolía, aunque nunca visitó ese país. También tuvo ganas de exterminar judíos, a pesar que el odio religioso nunca estuvo en su menú. Esas y otras tantas actitudes fuera de sí.
Murió en la completa ignorancia de su mal. Culpó su inmanente deceso a uno de esos cánceres hijos de puta que vuelan por ahí. Nadie en la autopsia colocó la causa de muerte como producto del impulso que tienen las esencias a repetir las causas de sus propias muerte. Nadie. A ese hombre nunca lo abrieron. Lo enterraron en una fosa común.

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