viernes, 16 de diciembre de 2016

Día 943: Rebelación

¡Eso no estaba en el contrato, hijo de puta! dijo el acomodador antes que lo rajaran del cine con una escena que dudo que alguien quiera presenciar. Guardamos silencio, unos veinte segundos quizás. Incomodidad. Pusieron los adelantos de las nuevas peliculas, como para cortar la tensión. Cabeceé en mi asiento. Otra noche sin cine, pensé. La caravana me pasaba factura otra vez. ¿O sería la petaca que pasé de contrabando? Nadie lo va a saber. Creo que ese hombre es mi héroe. El abanderado de los acomodadores. ¿Todavía existe eso? Antes era un solo trabajo, incluso en ciertos conciertos aún los usan. Ahora son chicos de menos de veinticinco años. Los ponen a hacer pochoclos, vender entradas, destapar inodoros, ah, y también le dan una linternita para conducir a los paspados que llegan tarde a la sala a sus asientos. Menudo trabajo. Chicos sobreexplotados, cierto.
A este no sé que bicho le picó. Supongo que habrá sentido la caricia de la opresión por algún lado. Es raro que ahora salgan revolucionarios. Por lo general entregan el culo sin preguntar siquiera si va a doler. Salvo este chico. Este acomodador sintió la punta gorda que llega tarde a la función y quiere acomodarse en la retaguardia. No, al carajo la linterna, al carajo el mundo, esto no es para mí. Bravo, bravo, lo aplaudiría, si no fuese por los paspados que también me hubieran mirado a mí como un pájaro salido del mismo reservorio. No les daré ese gusto.
No compré pochoclos. Me hacen mal a la resaca. El ácido de la bebida y sus efluvios me sientan para el orto. Debería haber muerto hace un par de años. Sin magia. No hay cáncer. Solo mi cruda obstinación hacia el desbarajuste. La última película que creo recordar el argumento es una que vi una vez en Montevideo, en el 79. No sé si era el Padrino II o Scarface. No, creo que Scarface no, ni sé si se había estrenado para ese año. Desde ese entonces las películas para mi han sido un gran misterio.
Uso las salas de cine para dormirme. Creo que me da una tranquilidad que no obtengo en casa. Mi mujer está muerta. Hace diez años. No vale la pena echarle la culpa de mis descalabros. Siempre fui yo. El delirante, el artista frustrado, el de pensamientos oscuros y otras tantas cosas más. Siempre. Como nunca cometimos el pecado de la paternidad siento la soledad como nadie. Mi familia desapareció en su mayoría o yo decidí perderlos, creo que es mas lógica la segunda opción. En fin, el cine me trae una clase de desahogo de la vida en la Tierra que no me lo da nada ni nadie.
De vuelta en mi cabeza se reproduce esa pequeña trama. El chico tira al costado su uniforme, revolea la linterna y sale echando putas al grito de ¡Eso no estaba en el contrato, hijo de puta! ¡El contrato! ¡Pueden creerlo! El imberbe tuvo hasta tiempo de leerlo y asesorarse al respecto. Yo lo aplaudo. La juventud perdió la capacidad de lucha. Antes nos obligaban a pelear. Era eso o amanecer en la cárcel o con una bala. A los adultos, una vez que perdemos el sentido de aventura, nos empiezan a parecer peligrosas las ideas emocionantes. Estos chicos, lo lamento, ya no las tienen, se contentan con la pala. ¿Para que llamar a la parca, no? Se entierran solos.
Los créditos iniciales y una escena rimbombante, de manufactura hollywoodense. Estoy atornillado al asiento. Nunca estuve más despierto en mi vida, creo que va a ser una película que nunca más voy a olvidar.

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