domingo, 18 de diciembre de 2016

Día 945: Competiciones

No voy a poder conmigo hasta las últimas consecuencias. Me lucho fuerte, soy tozudo. Debo parecer el idiota más grande del universo ante toda la paz del discurso de los bienaventurados. Hombre, mujeres, animales, rocas, todos unidos en la suerte. Estoy ajeno a la buena fortuna. Soy la cosa que nadie quiere, ese pedazo de alimento que dejan al costado del plato. Un carozo imposible de tragar. La píldora de los nueve meses después. Prueben, intenten, soy la prueba viva de la superación inconsecuente.
El paseo en la Tierra, respirar y todo lo demás, un juguete tétrico, la diversión irrealizable. Caerán, arderán, el cometa último, el del juicio final. Emitirán sus opiniones sobre mi cadáver, y quizás en ese entonces tampoco me dejen ser. Soy prisionero del labio y las cadenas de ribosomas que conducen al cerebro. Hagan un podio, convenzan al ganador de retirar los cargos sobre mi persona. Alquilen un sendero alejado de mi tumba. No debería ser tan difícil. El conjunto de monstruos que se aprestan a la puerta de mi cajón.
Allá van a colocar el tótem. Tendrán su ritual de espacios comunes y palabras esperadas. Una vez más encontrarán el modo para dejarme de lado. Agitarán la bandera blanca, por cansancio o no se qué. Quizás sonría. La derrota me hizo un experto del fracaso. Acá juego yo.

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