miércoles, 21 de diciembre de 2016

Día 948: Los ciclos del hambre

Las crónicas documentan que ocurrió en algún momento del siglo XXII. Los científicos se cansaron de descubrir cosas. Ya no quedan misterios. Todo resuelto. Es el final. Y lo fue para algunos, que optaron la vía del suicidio. Otros tantos, un poco menos melodramáticos, sentenciaron que había llegado la hora de inventar. Así que desempolvaron sus herramientas y volvieron al laboratorio. Mezclaban elementos irreconciliables con la esperanza de generar un nuevo agujero,  universo paralelo o superhéroe. Lo que salga primero. Fueron años oscuros. Muy oscuros.
A uno de ellos se le prendió el cerebro. Un rayo desconocido le pulverizó las neuronas. Fue a partir de ese accidente que los científicos empezaron a ser más precavidos con sus experimentos. El tipo de la idea brillante vino después. Dijo que no necesitaban inventar algo nuevo. Podían remodelar el pasado. Como lo hacían las máquinas del tiempo. O mejor, podían inventar lo ya inventado. Eso no requiere mucho trabajo.
Hoy entendemos esos percances con la naturalidad que nos brinda la distancia cronológica. Estaban locos. Locos y aburridos. Eran hombres sin propósito. Ante la posible extinción, decidieron aferrarse con uñas y dientes a su pequeña parcela de conocimiento. De esta manera no es extraño entender las motivaciones que llevaron a los científicos a resucitar uno de los viejos aparatos prohibidos por el Gobierno décadas atrás.
Se trataba del aneurismaton, una máquina capaz de generar falsos recuerdos, que colocada en cierta frecuencia puede inducir al sueño y al olvido. Algunos la llamaban flor de loto. La idea fue la siguiente: potenciar a través de los satélites los alcances del aneurismaton y enviar unas dosis de frecuencia de loto. Las instrucciones eran sencillas. Olviden el mundo que los rodea.
No tardaron en llegar los grandes descubrimientos. Un asombroso dispositivo capaz de limpiar los dientes. Una red de conductos que hace desaparecer los excrementos. Un cuadrado que guarda palabras, historias.
Los descubrimientos salían a la luz con un velocidad para el asombro. A los científicos le faltó la mesura del malvado nato. Quisieron descubrirlo todo (de nuevo). En cuestión de meses todo volvió a ser como antes. Sin mayores alteraciones.
Decidieron usar una vez más el aneurismaton. Pero algo se escapó a los cálculos. Una frecuencia insólita. El efecto pareció quedar nulo. Y no fue así. Desde entonces la Tierra genera reverberancias, imposibles de medir por los científicos del siglo XXII, mercaderes de la nueva era oscura. Estas reverberancias crearon el mundo aparte, una dimensión paralela, próximo a nuestro plano existencial.
Desconocemos la naturaleza real del mundo aparte. Algunos expertos sostienen que allí se encuentran todos los recuerdos perdidos del siglo XXII. Incluso piensan que tal vez existan criaturas que se alimentan de ellos. Aún desde entonces no hay respuesta. Los científicos no dejan de trabajar en eso.

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