jueves, 29 de diciembre de 2016

Día 955: Pulpo quemado

Muchos recordarían ese día como el del gran incendio del puente. Trajeron pólvora como para iniciar una nueva guerra de independencia. Dicen que pasado dos días del accidente, aún las estructuras de acero permanecían calientes. Nadie indagó en un motivo mayor al del terrorismo. Alguna célula hizo el descargo, luego vendrían los avisos a la prensa y todo volvería a la normalidad, al menos para aquellos heridos con posibilidad de vivir con la decencia de una cicatriz menor o una secuela pequeña en el cerebro u otra parte importante. Cincuenta y ocho personas no tuvieron la misma suerte. El dado negro cayó sobre ellos y trituró y machacó su carne con la facilidad que una mano dobla un pedazo de chocolate derretido.
Pasó un año hasta que descubrieron a los autores del hecho. Al parecer unos adolescentes quisieron montar una gran broma y les salió mal el asunto. Muy mal. Qué digo, demasiado mal, para la mierda. Lo encerraron a los pibes y lo violaron. Un tipo con una faca abrió a uno de lado a lado y terminó en el hospital casi muerto. El otro se suicidó porque seguro le salía la perpetua o algo parecido con muchos años adentro. La prensa se alimentó con la historia unos cuantos meses. Querían averiguan la motivación de los chicos a cometer el delito.
Así desfilaron parientes, psicólogos y peritos de diverso tipo por las pantallas de televisión. El morbo estaba servido a la mesa. Hasta un hipnotista tuvo sus cinco minutos de fama aludiendo saber, mediante inducción a la hipnosis, las posibles causas del crimen. Nadie sabía nada. Nadie. La verdad se encontraba oculta en el cerebro de un chico en coma. Pensaron que lo mejor sería revivirlo para confesar y que luego se muera. Cosas así, ya saben, la desesperación.
Ideas no faltaron, aunque en situaciones descabelladas las soluciones tienden a ser igual de descabelladas. Un científico propuso realizar un experimento. El hombre parecía que sabía lo que hacía, aunque nadie pudo imaginarse que El hombre centípedo era una de sus películas favoritas. Un científico loco, eso. No abundan, hace cincuenta años que están en vías de extinción. Eran tipos con inventiva capaces de realizar los trabajos más asombrosos dentro de un laboratorio. 
Le hicieron caso al final, y lo financiaron incluso. La idea era sencilla. Un transplante de cerebro. Algo visto y probado, pero nunca realizado con éxito. Hasta ese día, extraño, glorioso, o fatídico, para la ciencia, como quieran mirarlo. No voy a dar muchas vueltas, el tipo lo hizo. Pudo. Le salió bien. Aunque las consecuencias no fueron las que podía esperar.
El sujeto de prueba, el receptor, aceptó de buen grado el cerebro. Podía pararse, coordinar los movimientos de sus músculos, hasta abrió los labios dispuesto a hablar. Y la sorpresa. Nadie lo entendía. Una falla en el área de broca, dictaminó el científico sin lugar a dudas. Pero no, el sujeto de pruebas sí hablaba, aunque lo hacía en un idioma nunca antes escuchado. Palabras raras, extrañas, guturales, y un mantra que se repetía, gutulu, gutulu, gutulu fatán. Gutulu. El sujeto de prueba huyó. Más tarde supieron de él. Los incendios habían comenzado.

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