sábado, 31 de diciembre de 2016

Día 957: Antesala al fin de todas las cosas

Si despides el olor al muerto lo serás. Es la condición de aquello que no se puede evitar. El último bocinazo antes de extinguirse en el ruido de las cosas que pasan. Te confunde el panorama, la vista arrugada de tanto fruncir los ojos. El mejor de los días, cualquier sueño de monotonía recubierto de chocolate y algo de azafrán. Es la sensación de la ropa cuando nos queda corta.
Salimos en manada en busca de un vaso con agua. Es el desierto y nadie avisa. Es mas bien el destierro. Envíen refuerzos. Caeremos de a miles, hermanos en el precipicio, lemmings. ¿Cuánto faltará para el fin del mundo? ¿Mamá, falta mucho? No quiero todas las respuestas ya. Las quiero pero de a poco, una a una, que se abran, una flor en primavera, o una gripe en invierno, o verano, lo que sea. Es necesario. Todo.
Después adornaremos la verdad con algo que le quede bonito. Unas guirnaldas, tal vez un saco marrón, de esos con botones. Una verdad pituca, renacentista. O barroca. Art nouveau. Lo que venga. Una tintura para Warhol. Viviremos de eso. De no aceptar nada, aunque las cosas estallen. Queremos del paraíso, Kabul o Siria, Bahía o Guantánamo. El paraíso está ahí y alguien lo pintó. Así, mal. Fuera de los contornos. Con rayones. Los colores equivocados. El pandemonio está ahí. Y duele. Y es rico. Y tiene un olor a mil entierros. Y es. Sobre todo. Es.

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