martes, 31 de enero de 2017

Día 987: Despedido en inercia

Y cuando llegue al último peldaño de mi vida, recordaré. Aunque las eras amedrenten esta carcasa vacía, surgiré. Quizás más odioso. Quizás más real. Un voluble ser pensante, adobado en la idiotez de lo que pudimos perder. Ese tanto maldito nos puede confinar a la cárcel del sentido. No aprobaré una medida sobre el excedente. Puedo ser un buen político hasta el final. Reducir esfuerzos, maximizar virtudes y cosas por el estilo.
Mi espíritu insurrecto merece algo mejor. Un premio, una horca tal vez. Merezco el castigo al punto de gozarlo. Un látigo más no cambia la cuenta. Nos dimos cuenta de lo nocivo de las cosas y aún permanecimos, atados a esta roca llena de ruido. No quise estirar más el tiempo hacia algo que no sé hacer: perdonar. Arrepentirme. Y quizás elevarme sobre la intemperie como una especie de dios raro. Un humo fuerte. Insolente.
En el éxtasis me desvisto. Quiero nacer tan desnudo como pueda. No es una petición formal, es algo más natural, con brillo, con el glamour de lo no planeado. Me gusta ser el tipo más estoico del planeta, porque así parece que la causa es justa. Quiero chocarme contra el mundo y hacerme pedazos. Si no es rebeldía, seguro no es nada. Ya pasará.

lunes, 30 de enero de 2017

Día 986: Muerto que baila

No me pasé toda una vida en sintonía para esto. Aguardé el llamado para matarlos a todos. Pero no vino. Tuve que contentarme con matarme de a poco. Lo único a lo que pude acceder en mi pobre existencia de pobre hombre pobre. No tengo nada en contra de lo que fui. Solo la prohibición de ser en un presente remoto otra cosa. Algo diferente. Un permiso de frontera.
Desde la tranquilidad pensé, por única vez. Es el momento de saltar, me dije. Acogotarme contra el viento y que el resto se pudra. Un cuerpo inservible menos. Y nada lo de adentro. Un leve contoneo antes del quiebre definitivo. Lo gozamos. Es cierto. Lo gozamos. Grandes aventuras teñidas de estiércol. Buenas vibras y toda la mierda hippie a cuestas.
Desaparecí porque quise. El capricho me hace sentir lo que soy, un algo con sangre y cartílagos, un algo que ingresa oxígeno y exhala otra cosa. Un algo que puede hacer lo que se le antoja. Con pánico rezagado caímos a la fiesta. Esa sonrisa falsa nos hizo la noche. Desde entonces estamos muertos. Y no nos molesta.

domingo, 29 de enero de 2017

Día 985: Caja de zapatos

No dirán que reescribimos la historia. Siempre fuimos el paria, aquella persona que no debía ser nombrada, el tipo que se sienta al final del banco. Una cosa insoportable. Desde allá nos expulsaron a la Meca. Somos el yugo reventado, la respuesta a ninguna pregunta. Desde ese rincón nos pertenecemos. No fuimos el sentimiento adecuado.
¿Cuál es la medida de todos los tiempos? No abarrotemos el botón de salida. Comimos sin culpa. Al menos una noche. Y después que venga lo que sea. Un descontrol medido. Allí, detrás de esa mancha negra. El planteo de un regreso semejante no debería ocasionar un daño mayor. Y en esa sintonía de órbitas descompuestas giramos sin pertenecer, haciendo el sinfín de interrogantes a la nada que nos interpela.
Somos el golpe semejante, el duplicado de la espera quebrada. Quien de mayor grado se inclina y saluda al señor. No ve el eco de la sombra, en todo lugar, con la culpa que arrastra. Estaba. La digestión de lo que lloramos. Penas en una caja de zapatos, archivadas para un momento mejor. No vamos a ser. Mejor no.

sábado, 28 de enero de 2017

Día 984: Terapias de loto

El incendio se propagó por la habitación. No hubo pérdidas humanas. Una colonia de gliptodontes tuvo que contar una historia diferente. El camino del héroe a veces es trunco. No se salva nadie. Pero no lo den por muerto. Veamos, la oficina quedó negra. Ni un papel pudo rescatarse. Los bomberos actuaron impecable. No se percataron del fuego. Es lo que ocurre con lo sobrenatural.
Pagamos al observador para que se lo lleve todo a la cabeza. Sobre todo los gliptodontes. No les afecta el fuego sobrenatural, y lo saben, incluso siendo fantasmas. Sin respuestas. Llamamos a un detective. Nadie sabe la causa del incendio. Quizás tenga algo que ver con los gliptodontes. A veces el pasado nos interpela desde los costados más raros. Pero los accidentes ocurren. Los gliptodontes también.
Existe un portal que conduce a todos los tiempos y se quemó un fusible. Vinieron después a limpiar el desastre. Acá no pasó nada, nos dijeron. Luego nos regalaron dulces. Ya saben, nada mejor que olvidar.

viernes, 27 de enero de 2017

Día 983: El contador

Dentro de unos días voy a cumplir años y nadie se acordó. Debe ser porque estoy muerto. No en el sentido literal de la palabra, claro. Muertos para ellos, digo, mis familiares, mis amigos, y esos chupasangres que dicen ser la uña en mi carne. A veces camino por la calle y creo que me ignoran. Toman el otro costado de la vereda. Así evitan saludarme. Cosas por el estilo me pasan todo el tiempo, soy un tipo perspicaz, a pesar de que mi rostro insinúe lo contrario. Verán, en el 2005 heredé una fortuna incalculable de una tía abuela. No recuerdo si son seis o siete ceros. Mucha guita, demasiada. La que no gastaría en toda mi vida. A nadie le importó. Y eso que todo el mundo se enteró. Debo tener mal olor. Seguro es eso. No, de verdad no estoy muerto. No esperen ese giro sorpresivo. Las mejores historian son las que no cuentan nada. Un hombre se prende fuego por accidente y nunca redunda en un evento colateral. Pasan las cosas por que sí. Y el fin es inminente. No soy un tipo tremendista. Me gusta el realismo, cuerpos sudados, emociones rigurosas, programas que se caen. Cosas que ocurren por fuera de la televisión. No me tienten, soy una persona aburrida. Me gusta que hablen mal de mí. Siempre quiero dar tela para cortar. Soy masoquista, lo sé. Tampoco me importa demasiado. El fin es inminente. Cada tanto ocurre. Un meteorito, una balacera, o cosas por el estilo. Vamos a morir del modo más estúpido porque no queda otra opción. No hay muchas historias para contar. Hay que dejar que la cuenten nuestros huesos. Allá, en el museo de los tiempos que nunca vamos a ver. Todos calcinados, unidos en una super obra, el conflicto del arte y el espanto. Todos unidos, rezagados. Algunos rezarán, porque les toca. A mí me queda sentarme y contar datos inútiles.

jueves, 26 de enero de 2017

Día 982: Carnicero del alma

Contrajimos la lepra en el verano del 72. Fue contra nuestros pronósticos, entiendan. Dos tipos alocados y una mujer, vuelo ácido, esas cosas de la juventud. Y la lepra. Estuvimos un par de semanas con antibióticos. Y eso fue el fin de la historia. O al menos eso creímos. Puedo jurar que a mí no me curó ningún Jesús. No. Fue cosa de la ciencia. Aunque lo que vino después, eso sí puedo dudarlo.
Me hice los análisis médicos todos los meses seguidos a mi enfermedad. Todo limpio, todo legal. Y sin embargo empecé a sentirme mal, así como el culo, si me entienden. Algo en la panza me molestaba, y ningún análisis de mierda daba en la tecla. Todo limpio, todo legal. Y la cabeza se me reventaba sobre el cuello. Pero de nuevo, nada en sangre, nada en el cerebro. La ciencia no tenía respuesta a mi dolencia. En esos años existía un cierto brote de las medicinas alternativas. Aún el new age no se había convertido en el monstruo que es ahora. Tampoco. Debo ser el tipo más sano de todo el puto universo, mierda. Nada. Limpio. Y mi pensamiento fue el siguiente, si estoy curado, debo enfermarme. En la enfermedad seguro voy a empezar a sentirme bien. No tiene un carajo de lógica, pero entiendan que a veces las soluciones tampoco las tienen.
Me enfermé. Me curé. Me volví a enfermar. Me volví a curar. Y el cuadro de fondo continuó litigando las áreas de mi cuerpo que pueden tramitar ciertas sensaciones de dolor al cerebro. Y me cansé. Donde duele, corte, le dije al médico. No quiso poner en juego su título universitario el muy cagón. Donde duele, corte, le dije a un mercenario de la salud. Brazo, pierna, huevo, dedo, mano, brazo. Cortó con ganas. En meses me convertí en una papa humana. Y tenía razón. Dejó de doler, ¿dónde está mi Nobel?
Luego comenzaron los dolores a la altura de mi frente. Lo mismo. Donde duele, corte. Y me cortaron la cabeza, como en los buenas épocas de la revolución francesa. Y el dolor continuó.

miércoles, 25 de enero de 2017

Día 981: Poética fantasmal

Nos abandonamos a la desesperación de las cosas. Es grata sentir el abrazo conocido, frío, muerto, con espinas. Nuestro ego así tan difícil de comer. Vómitos de esperanza por toda la sala pintan un arco iris gris en la mesa rota. La actitud de lo que nos pasa es lo último adonde iremos antes y después. Un desagote masivo. La realidad en ebullición, con desparpajo anunciamos que ese tiempo nos pasa por arriba. Y el camión de piedra lo tira todo. Y el peso abajo, la presión de la no salida. Mejor no decirlo. Desnominalicemos. Eso es.
Un corto recorrido al hígado, el síndrome de la patada apropiada. Nosotros y la actitud aparte. Hay algo como de un sentido en la destrucción de nuestra especie. Un placer, llámenlo impropio, natural o enfermo y adecuado. Un mucho de los incontables. Risueño y payaso. Nos quedamos con el muñón y con el anhelo de nuestros congéneres muertos, abrazados por la motosierra cubierta de sangre. Es una broma, de las buenas.
La fístula a la larga explota. Y los rios de pus catalizan la miseria en rincones más correctos al ojo. Lo bello que puede ser algo que no lo es, o viceversa. Placer en el morbo, en el quiebre de la carne y el alucinógeno verde. Seremos piezas del gas mostaza. Nuestros pulmones recitarán la oda de la alegría y eso será todo. A Mac Beth no le importa. A nosotros tampoco.

martes, 24 de enero de 2017

Día 980: Eso fue un mensaje

Creo que nunca supe lo que tuve hasta que lo tuve. La esfera se arrastraba entre mis manos, delicada. Un pedazo de vidrio de buena composición. Mirá lo que es, le señalé a uno que recién venía. La pelota tenía poder, vaya si lo tenía. Era la madre de todos los poderes juntos. No exagero, desintegró a un perro. Así, hizo un ruido como de láser y lo rebanó en varios pedazos invisibles a nuestros ojos.
Está conectada a otros tiempos. Una red de circunstancias y sentimientos. Sé que suena un poco melancólico y bochornoso, pero no me pidan mayores explicaciones cuando las cosas solo pasan y no se preocupan por dar sus razones para que las comprendamos. La esfera transmitía los hechos, unidos, en una cierta consecución, como una película. Después cada uno sacaba sus propias conclusiones. Somos humanos. Claro que al final del día todos pensaron más o menos lo mismo, y eso sí fue una complicación. Se los imaginan gritando, ¡yo sé lo que dice la bola! ¡Yo sé lo que dice la bola! Un mensaje tan personal como universal. Legítimo y sensato.
No creo que debamos venderla, sentenció un viejo que hacía la fila como todos los demás. Es nuestra, y además me habló a mí. Pero a mí también me habló, señaló una mujer sentada al borde del camino. Y a mí, y a mí, y a mí, fueron las voces que se escuchaban desde varios rincones del lugar en donde se encontraba la pelota.
Hay que dejar que la pelota decida. Si se va, es porque nunca fue nuestra, dijo una persona del fondo. Tiene sentido, dijeron otros de más atrás. La pelota es mía, es mía, ¡Yo sé lo que dice la bola! Miles de personas conferenciaron a mi alrededor mientras la bola brillaba a lo largo de mis dedos. ¡Basta! dije. ¡Yo no sé lo que dice la bola! Es que dice tantas cosas. Dejemos que ella decida lo que quiere hacer.
Y así fue. Una luz brotó desde el centro del cristal. Carbonizó a mil personas en menos de lo que se tarda en decir: eso fue un mensaje.

lunes, 23 de enero de 2017

Día 979: Tortícolis

No quiero entender. Ya es tarde para mí. Ya morí del modo que quería. El resto es confite y turrón vencido. No traigan la fiesta a mí. Yo dejé afuera el contenido divertido. No estamos para festejar. Están todos muertos. Con los cuerpos tiesos, cansados de tanto llorar sangre. Nos van a tirar abajo, junto con todos los cadáveres sin numerar. El momento feliz en que pasamos a ser parte del estiércol.
Hacemos culto de lo desperdiciado. No existen otras opciones. Allá estamos, parados y muertos al mismo  tiempo. Me gusta ese estado de indecisión. Ir pero no ir. Estar no estando. La pantomima del me preocupo por vos repetida a un espejo, que vuela en un mundo de caricaturas. Extinto en su composición. Atravesemos las llagas de la raíz que constituye. No busquen otra solución. La realización de lo inesperable. Nos servimos de la basura. Sobras del amanecer. Comemos y sobrevivimos. Comemos y sobrevivimos. Arrastramos la gordura de la culpa con la inercia de la carne estirada. La gracia no es mayor. El chiste está irresoluto. No accederemos. Cerraron las compuertas. El paisaje se fue. La alegría. La contienda. Un pájaro que vuela y esquiva una nube. Allá arriba. Ciega. Rapaz. Y sobre todo, arriba.

domingo, 22 de enero de 2017

Día 978: Carne en diente

La Tierra gira a millones de kilómetros. Desde lejos parece que no se mueve. Si pudiéramos acercar la cámara nos percataríamos de ese pequeño hombre que trabaja día y noche por la conquista del mundo. Tiene una enorme habilidad. Sus dimensiones impresionan. Muchos centímetros. Una muralla China de carne, dirían. Nunca un Guinness. Se camufla, me cuentan los expertos.
Allá lejos se asoma el pito. Un pito macabro, con planes de dominación. Quiere subyugar a todo agujero. Lubricar lo no lubricado. Y sobre todo, avanzar. La picadora humana, un pito fuera de control, lleno de ira. Malhumorado. Ya no resiste el buen sexo. Su placer se centra en la capacidad de destruir. Todas estas cosas, por supuesto, su dueño no las sabe. Quiere conquistar el mundo, es verdad, pero sus motivos difieren en mucho a los de su abundante miembro viril. Se preocupa, es cierto, por tener unos pantalones holgados, que resistan la incomodidad e ignora que la cosa tiene vida propia.
Así es lo que ocurrió esa noche. El pito aprovechó que su dueño dormía para escapar. No le resultó fácil. Tuvo que serruchar el cuerpo para que el hombre se desangre. Ahora, solo bajo las estrellas, planeó su ataque contra la humanidad y se olvidó de la dependencia órgano-cuerpo. Gesticuló unos movimientos torpes antes de quedar duro en el suelo. Amo y esclavo murieron cuando la luna ser encontraba en su apogeo.

sábado, 21 de enero de 2017

Día 977: Diente en carne

Entremos a los codazos. Hay que dejar a todos atrás y ser la envidia de muchos. Es un club exclusivo, entienden. Hasta ayer nos escondimos de la sombra de los imbéciles. Hoy hay demasiada luz. Mucha luz. Luz cegadora. Salgan los esperpentos. Brillen en la ignominia. No hay salida de emergencia. El fuego es luz. El fuego es bello. Vamos a arder todos, sin preguntas.
Salemos la carne para la fiesta. Ahí dentro comeremos el fruto prohibido, el semen de nuestras entrañas. No es un plan de contingencia. Es la supremacía del caos. La casualidad que favorece al débil y le brinda un arma al desprevenido. Existen tantas puertas y pocos picaportes. Lo vivido quizás no sea lo real. Un pequeño desajuste en la máquina y nadie sabe.
Después adoramos lo eterno, otro cuento de hadas. A la larga todo muere, el infinito es cuento. Algún día vamos a llegar al borde y nos vamos a caer. Chocaremos contra la pared definitiva. Límite y fin del universo. Contaremos con grandes números pero contaremos. Y la mentira del dios benefactor quizás nos quede gorda. No hay solución maestra. La fiesta antropófaga es. Y es lo que somos.

viernes, 20 de enero de 2017

Día 976: Perdón, cosmos

El día en que el mundo fue creado no hubo fuegos artificiales. Nadie llamó a su mamá para avisar que había llegado bien a la casa de su novia. No existieron perros aulladores ni plantas que puedan producir incendios. El terreno yermo no produjo una fiesta. Hubo silencio en grandes cantidades. Silencio de todos los tamaños. Un silencio sepulcral, pero también reverencial. Incluso callaron los ruidos imposibles de ser oídos. Nadie habló. Nadie dijo nada. El mundo se jactó de la inexistencia del ruido.
El petróleo aún era demasiado joven para ser llamado así. Piedra o madera, más bien piedra. Imágenes de un pasado aún presente, desolado. En la nada nos configuramos, con todas las complejidades arriba. Nada quedó por explorar. El mundo fue usado y tirado a la basura con la eficiencia de un papel higiénico. Una gran mancha marrón atraviesa el universo. Dejen que los demás pregunten por nosotros. Dejen que la conversación se extinga hasta que solo quede el principio. Un absoluto silencio.
Pudimos ser un desbalance cósmico en la naturaleza de las cosas, es que poco importa al ruido que generamos. Un inmenso pedo atraviesa todas las frecuencias de radio. Somos eso y nada más. Un inmenso pedo. Hay que hacerse cargo. Del ruido. Del olor. De las molestias ocasionadas. Perdón aunque sea tarde. No nos dejen solos.

jueves, 19 de enero de 2017

Día 975: Chiste

Dedicado a clavar con persistencia el vidrio en la carne. No lo saben pero este es mi testimonio, un último adiós entre tantos amagues. Acá escribiré algo del testamento que siempre me negué a concebir, no por la imposibilidad de confeccionarlo sino el miedo de su existencia, amarga y oscura, un virus de tiempo que deviene en bomba y circunstancia. La arritmia desiste en mi cuerpo, no voy a morir de algo que no valga la pena. Es irse con todos los caballos, con las luces encendidas y las cuentas sin pagar. Es olvidar a vivir los tiempos de revolución.
El gran estornudo preside la junta. Seremos muchos los enfermos, otros tantos los contagiados. Aire envicia la congestión del esfuerzo. Alergia del instante. No sueñes otra nariz, el oído, el pulmón permanece. No más recambios de piezas. La verdad última, definitiva. El canto devastador de la sirena, un llamado a la guerra de todas las eras. Volveremos atrás, hasta la inexistencia misma, con anhelo de trascender el pequeño punto que da inicio a las cosas. Respirar poco y sobrevivir. Un mundo adelante.
Forzaré la puerta con ese robo. Voy a moverme adelante, más allá de donde nadie ha ido. Un viajero imposible, insólito e incoherente. Me moví para ver los círculos, para darme cuenta que son cuadrados. Que existe una gracia última, infinita, una risa cómplice por nadie escuchada. Un sonsonete alabatorio, repetitivo, el chiste eterno. Somos pedazos y más. Chistes y menos.

miércoles, 18 de enero de 2017

Día 974: El planeta de los simios

Acá me ando, contando los días como si fuese un náufrago. La enfermedad me puso así todo boludo. Quisiera tener una mejor reacción a las cosas que pasan pero tampoco soy lo que los demás ven de mi. Es un truco, ya saben, humo y espejos. Fui valiente en otros tiempos. Soy el pasado, el fin de lo cognosible. Con tanto por contar elegí cerrar la boca. Fue un acto deliberado de pensamiento. Creo ser un hombre medido.
No hay señales del enemigo, según mi calendario tendrían que haberme rescatado hace dos meses y medio. Existe la posibilidad de que hayan perdido todos. Era posible, si. Que se hagan mierda entre sí. Imaginen una colisión enorme de dos planetas en pugna. Dos cosas gigantes haciéndose mierda entre sí por el mero placer de hacerse mierda. Eso. No debería decir estas cosas, aún creo que los micrófonos funcionan. Guerras modernas, ya saben. Ya no permiten los deslices ideológicos. De acuerdo a uno de los genios de mi gobierno, esa es la causa de la derrota en Vietnam de los yanquis. Eso, deslices ideológicos. Un soldado debe estar preparado para matar, odiar y no sentir culpa al respecto. Es la patria que demanda el sacrificio. El resto es accesorio.
A los gobiernos no se le ocurrió mejor idea que meter cámaras y micrófonos en medio de los charcos de sangre. En las trincheras un circuito cerrado transmitía información al ministerio las 24 horas del día. Audio e imagen. Claro, hasta que Tortoni destruyó las camaras. Estaba borracho el hombre. Creo que lo deportaron. Creo que lo condenaron a la silla. Por traidor. No hay grises para nuestra patria. Aliado o traidor. Y créanme, cubrir nuestra base no es para nada sencillo. Un pedo puede convertir a cualquiera en traidor, no exagero.
Igual les digo que fue una guerra bastante limpia, hubo combates en tierra, no lo niego, pero la mayoría de los ataques fueron responsabilidad de los drones. Esas máquinas no perdieron ni un milímetro de sus parámetros respecto a la patria. No sienten la bandera eso es claro. Pero obedecen sin chistar y eso es lo importante. Hacia ahí vamos. Esto es una transición, me dijo una vez un compañero, muerto por un drone enemigo. Me dijo, nos van a reemplazar de a poco. Pronto van a estar del otro lado, van a cambiar todas las piezas de ajedrez. Inteligencia artificial, hermano. Y yo le creo.

martes, 17 de enero de 2017

Día 973: Lo no tan básico

Dame un yate con todo el puto confort, un baño de espuma, una masajista, hombres que conquisten tierras y tal vez un bufón para alegrarme la tarde. Deseo un atardecer perfecto, algo diseñado a la medida de mi culo. Un buen cielo adonde poder escupir todas las cosas que no desee. Quiero el conjunto de estrellas más luminosas de la galaxia, las quiero ahí, sentadas en fila. Para que las vea cuando se me cante las pelotas. No soy caprichoso. La pretensión me da un correcto sentido de proporción. No hay lugar para mí, la habitación ya me quedó chica. Debo salir al bosque y cazar pájaros y lombrices por mi cuenta. Debo sentir la libertad. Porque es mía, porque se me antoja. Allá afuera voy a pensar en  Rolexs y baños de champagne. Siento toda el hambre con la comida en la boca. La sed en la garganta, mientras me ahogo en un río cristalino. Puto Tántalo. No es mi castigo. Merecer más de lo que tengo. De eso se trata. Nadie me preguntó hacia donde conducen las ambiciones. Ciegos deseo del hambre. Hambre ideológica. Muchos colores para pintar una sola cosa. Es la abundancia de nuestro mundo, un deseo de explotar lo que venga. Lo voy a hacer, con o sin el permiso de la humanidad. Quiero arrasar con la vida. Quiero ser el malo, el bueno, y el resto. No escondan el cuello. Mi embestida asesina está cerca. Cerca de algo que no sé.

lunes, 16 de enero de 2017

Día 972: Lo básico

Hoy estoy seguro, voy a sacar la basura a la calle y me voy a bañar. No esperen mayores resoluciones, me espanta la tarea de pensar. No sé, de verdad, cómo algunos lo hacen. Deben ser dotados, pienso. A mí me tocaron pocas cartas buenas y las juego como me sale. Improviso, a veces cambio alguna de lugar. En ocasiones sorprendo, aunque no es lo más normal que ocurra. Tampoco pretendo que el resto de mis días en la Tierra sean normales. Puedo cruzarme con un fantasma y no gritan. Entiendo que hay cosas que se escapan a nuestra cabeza. No podemos pensar la inmensidad de la galaxia. No, es imposible. Son muchos estrellas, y planetas, y demases cosas que descubren los científicos.
A mí me toca una parte pequeña en el asunto. Mis investigaciones son del tipo: vamos a pasear al perro. Pidamos pizza. Seamos buenos. O etcétera. No me pregunto cosas que me exceden, por ejemplo, el nivel del mar a las siete de la tarde. Eso es para los científicos, para los que le gusta usar el cerebro. No digo que sea algo malo, a mi no me funcionó. Hay muchas cosas que no funcionan. La alegría, por ejemplo. El chiste está en la fugacidad del instante. No hay tiempo para reír, tampoco para llorar. Hacer lo que sea que hagamos es perder el tiempo. Tampoco me provoquen, no quiero ir más alla con ideas inútiles, difíciles de aplicar.
Me gustaría poder ser más contundente con las palabras que salen de mi boca. Estoy entumecido. Vivo entumecido. No debo ser tan idiota como lo creo, aunque tampoco quiero estar seguro del mundo. No lo estoy. Puedo sentarme toda la noche en ese sofá destripado sin decir palabra algunas. El silencio es mi reino. Quiero espantar a las moscas que vuelan alrededor de mi nariz. Un baño, caliente, regocijante y una corta vida, sin preguntas. No espero más. Vengan a retirar el cadáver cuando sea el momento apropiado.

domingo, 15 de enero de 2017

Día 971: Tal vez

Busqué tantas palabras como pude de este espíritu constreñido. No es fácil.No es que pueda parecer un truco barato de escapismo. No es fácil equivocarse, pisar el palito con la insistencia del experto. Dedicación al fracaso, algo así se necesita. Después tiene que volver a mi. Nada debe estar por fuera de lo que soy. Tendré que vivir confinado en cuatro paredes con toda la sensación de la claustrofobia adentro. Pero tampoco será el detalle distintivo.
La sangre, la desesperación, abrirán un surco en el cemento. Mi daño se extenderá. Es un virus remozado, que no funciona como debería. El martillo de los dioses caerá una y otra vez sobre mi cuerpo apisonado. Seré tan necesario a mi mundo como yo lo desee. No me dejaré escapar tan lejos. Puedo ser un guardián inquebrantable. Tal vez dejarme morir, si así quisiera. Lo mío es el afán del trabajo bien hecho, aunque sea a medias.
Y quizás guardarme algunos secretos. Traficar la carta de la victoria. El juego que me salve en la situación predilecta de mi impulso sádico. No es que no quiera jugar. Estoy demasiado grande para sentarme. No voy a ser más el chico que perdió la plata para el mandado. Seré la plata, o el mandado. O todo lo demás. Y eso tal vez importe.

sábado, 14 de enero de 2017

Día 970: Atraso

Aleluya para unos, maldición para otros. No me pregunten cómo funciona. Van a oír cada palabra que les diga. Un mínimo de atención, eso pido. Después no vuelvan,  váyanse, con la marea, o como sea. No quiero ser el misterio de otro. Fue un olvido temporáreo, no me culpen. Vengan de a uno. No debo ser el hombre perfecto. Nunca lo seré. Vayan a contar sus historias interesantes al vecino de al lado.
No tengo que prestar el hombro a los parásitos de la mala fortuna. Van a caer en fila, la humanidad y sus historias. No crean en todo lo que les digan. Una parte es mentira, la otra no tanto. Tantas balas no van a ser desperdiciadas. Es la medida del fuego. Un poco de ignición al sistema. Demos la bienvenida al refugiado. Abracemos al desesperanzado. Este es el punto.
No queremos el silicio. A la mierda los templos. Abajo el océano de las convenciones. Y con ello su espíritu. No van a dejarnos caer. Es el ejercicio del por las dudas. Capaz que tocamos el fondo. Capaz que la muerte se viste de duda. No tengo la capacidad de preguntar, menos de responder. Esto no es una guerra. Tampoco un simulacro. Decimos con palabras las cosas. No pregunten. Mejor no.

viernes, 13 de enero de 2017

Día 969: 42

Me detuve en un promontorio para resolver el enigma. Tenía muchos números y algunas palabras. No se parecía en nada a las preguntas de la Esfinge. No. Esto era una super complicación. Algo de Fibonacci, tal vez. O una secuencia dorada escondida. Me pasé veinte años de mi vida tratando de resolver esa mierda. Hasta que me cansé. Ese día dije, se va todo al carajo, esto no tienen sentido. Y una voz desde arriba dijo con una potencia digna de un recital de Manowar: ¡Correcto!
Así que todo se trataba de un puto concurso de preguntas y respuestas. A eso me llevó la vida. Y solo partí de una hipótesis sencilla: descubrir el entramado sobre el que reposa el universo. Debe haber una conexión, ligazones ocultas, pensé, en mi arrebato de joven estúpido académico. Verán, cuando uno es inexperto suele incurrir con frecuencia en estos errores, creer que el mundo se va a adaptar a nuestras teorías, creer que vamos a ser capaces de encapsular un huracán dentro de un libro y cosas así. Boludeces elitistas. Son cuentos, mentiras, cosas que nos cuentan nuestros padres de chicos para asustarnos y tenerle respeto a algo que no se lo merece.
Allá afuera descubrí la verdad. Una entre muchas. En realidad sí descubrí el entramado del universo, pero no se caracteriza por su consistencia lógica. No, no vayan a creer eso. Por el contrario, es frágil, muy frágil, más frágil que un vaso malo de fábrica. Cualquier acción, incluso mover el dedo gordo del pie, destruye este entramado. Pero no se preocupen, no es como la capa de ozono. Este se reconstruye más rápido. Aunque no tenga los pasos de una secuencia espacio-temporal conocida por nuestra especie. Es más bien un organismo libre, vivo, que se reproduce bajo los mecanismos de la física cuántica. Es muy difícil de explicar, porque yo en veinte años tampoco lo entendí.
El organismo universal se deja ver pero no tocar. Huele el peligro, o sea nosotros. Así que se camufla para proteger su debilidad. Cambia su apariencia al azar. Durante veinte años analicé una reducción de tiempo y espacio, un grano de polvo en la constitución del vasto universo. Fui capaz de observar hasta un millón de disfraces o cambios de entramado. En un solo día. Estoy seguro que me perdí unos cientos.
El origen no es velado. No tenemos esa tarjeta de autorización. Viviremos en la puerta. Para sentir la música de adentro, y disfrutar de la rendija de luz. Acá afuera está negro. No me gusta mucho, pero es lo que hay.

jueves, 12 de enero de 2017

Día 968: Fiver y su colina

Me estoy olvidando de mi mismo. Es de a poco. Me hice la promesa. En ese instante en el que acobardado espero y me lanzo a un vacío negro no antes conocido. Es preferible dejar atrás la maña solapada, el talento aggiornado, devenido en magia o truco. A la serpiente no hay piel que le venga bien. Prefiere vagar en hueso y cartilago. La sangre al aire. El conejo prefiere contar historias en su madriguera. Y ataca en silencio el orden impuesto por la owsla.
El sol sale para pocos. El brillo es lo de menos. No somos sus hijos. Prefiero matarme de a poco, con sabiduría. Una muerte lenta, de invisible agonía. El placer del exceso bien consumido. Una tribu lejana, promesas de libertad. Camino del paria, más allá de los muros de Efrafa. Quiero lo diferente aunque no sé distingirlo. Si soy o no soy ya no es la cuestión.
Puedo vivir los años, con la astucia de El-Ahrairah. Tal vez pueda contarlos, rememorarlos. Una nueva prole. Sobreviví la batalla, con las orejas caídas, aún. Y la espalda, aún, erguida. Oler el peligro. La lluvia, el mar, lo que se viene. Y no ser, aún siendo. Por que esta colina puede vivir milenios enteros. Y está allá, lejos, con nuestros corazones, cerca.

miércoles, 11 de enero de 2017

Día 967: La orden

Tengo algunas cosas para decirle respecto a la administración de este hotel, dijo antes que le arrancaran de cuajo el brazo. Murió al toque. Bueno, no fue tan así, tardó como cinco minutos en desangrarse. Pero eso no cambia el hecho. El hombre de la 342 estaba muerto. Tan muerto como esos huesos enterrados en el cementerio. Y nadie lo supo hasta que salió en las noticias. Ellos eran la primera plana. Hotel asesino. Dueño de hotel víctima de un brote psicótico acuchilla a todos sus clientes. Y cosas por el estilo.
La mañana no fue muy distinta a las anteriores. Firmar cheques. Revisar el inventario de cocina. Hablar un rato con los chicos nuevos. Esos niños necesitan una dosis de liderazgo. Nadie te enseña en la facultad a ser proactivo. Ese era su lema. Bah, uno de sus tantos lemas. El señor Astair era un universo de lemas comprimido en una sola persona. Y ese ruido. Fino, insistente. Debe ser el tinnitus. Eso le dijo el doctor de la 217. Ese tipo sabe. Aunque su corazón le dijera lo contrario. Algo más pasa. Debe ser el amor.
El señor Astair tenia 74 años, una gruesa panza y el placer de atender nuevos clientes intactos. Los acompañaba al hasta sus habitaciones, incluso a algunos les llevaba él mismo sus maletas. Para que aprendan los nuevos. Ya saben, compromiso y proactividad, ese es nuestro lema. Uno de tantos, de los muchos del señor Astair. Otro: nunca abuses del papel higiénico. O: Roma no se construyó sobre el derroche, eso vino después.
Y la sonrisa se le cayó a pedazos cuando el extraño ingresó al hall. Lo conozco, estoy seguro, pensó el señor Astair. Apuró el saludo, pero no recibió mano que lo contenga. Espero que me sirva, declaró el extraño. ¡Pues claro, hombre, para eso estamos! El hombre detuvo con un ademán la efusión de zalamera del señor Astair. Señaló con un índice huesudo una de las llaves de las habitaciones. Pero está sucia, señor. No importa, usted sirva.
El señor Astair se ofreció a acompañar al cliente a la habitación. Trato de sacar tema de conversación, pero ante la parquedad de su cliente optó por permanecer en silencio el resto del trayecto. Tan ensimismado en sus pensamientos quedó que apenas sintió lo que le decían. ¿Qué qué? Digo, que se está pasando de largo. Una vez más el índice huesudo se posó sobre los numeros dorados de la habitación. La 342, acá es. Usted entra conmigo. Se lo agradezco mi señor. Usted entra conmigo, usted sirve. Y el señor Astair giró la llave.

martes, 10 de enero de 2017

Día 966: Incoherente

Arrojen el tóxico a la playa, acaben con los bastardos. No hay esperanza. No dejen su fe en el patio de atrás. Aliados en la desidia nos queremos y somos, más fuertes que el precipicio. La señal de alarma, la gloria voluntaria del que muere sin respirar palabras mayores. Fuimos el resabio de una especie, el sol apartado. El confín del mundo, la desolación permanente. Imágenes que brillan en ojos por millones.
La vigilancia acosa, un minúsculo átomo se rebela. Compartimos el señuelo, algoritmos de libertad. Monos colgados de la copa del árbol más grande e inútil. Amigos en los contornos. Desde aquellos tiempos, los inmemoriales, los plagados de promesas. La diversión de una nueva excusa creada. No cuestionar el orden de las cosas. El maldito e inalterable orden. La consecución, el tren de la obsesión más decadente. Desde uno a dos y de tres hasta mil. Los incontables suspiros antes de la muerte.
Desde ese sitio se construyen los arquetipos y se tiran abajo. No estamos de acuerdo con las modas. Solo el flujo de las circunstancias. Se caen, se levantan y los empujan. El totem manchado, la sangre al cuerpo. Atrás las cenizas de un caos presente. Mas que nunca. Con la vista torcida. Y lo demás, también.

lunes, 9 de enero de 2017

Día 965: Más de lo obvio

Digan sus adioses a los dioses del templo. Deberíamos parecer un gran monstruo, uno que asuste. No hay mayor logro. Tampoco el mal menor. Es sacrificio de dos vías. Un detonante púrpura avisa. De los condenados a vivir y otras yerbas. La tranquilidad del grito. Un revólver azul dibuja el disparo en la noche. No hay un cielo a cubierto. No hay espacio. El sol y la extinción. Un juego de dos partes, siempre. No crean en lo invisible. No sirve la presa atrapada en su propio ojo de buey. El rey detractor confiere su jugo sagrado a la manada.
Permanecemos despiertos. Consumidos en la espera inesperable. El silencio deslumbrante con que nos sentamos en la cima de todos los huesos. Desde allá nos viene la paz, el espanto y todo lo demás. Una corte perece a falta del tornillo definitivo. La maquinaria oxidada prosigue el paso y el diente perdido coarta el movimiento. No avancen más, tropas átonas.
Debimos predecir los años por venir. Si sabíamos, si estaba mal la cosa y no la arreglamos. Dejamos que se rompa el asunto y al diablo mundo. Dejemos que se rompa, que se yo, para probar. Seamos víctimas de lo distinto, aunque sea una vez. Aunque sea que nunca ocurra.

sábado, 7 de enero de 2017

Día 964: Cortés

Dentro de sí no albergaba posibilidad alguna de redención. Un suficiente. Una fuerza capaz de atravesar el mantel. Diversifiquemos. Una tarea de multiplicar panes. Humores en una sola dirección. Terminaron los retos. Atraquen las naves. En esos mundos perdidos, desolados, nos conducimos. Desde el inicio hubo dificultades. Rodeados y sobre todos lejos de la tierra madre.
Explorar y explotar el ingenio hasta las últimas posibilidades. Son demasiados, dijo alguien, y fue obvio. Van a matarnos, dijo alguien, y fue obvio. Seamos dioses de las circunstancias. Heroes del momento. Les hacemos parecer cosas. El camino a la gran ciudadela. Opciones estratégicas.
Secuestros en la noche, ríos de piedra. Cargamos encima la culpa de la muerte y tantas mas. La sangre llega al lago. Una alianza definitiva. El fin de las civilizaciones. La última aventura, después, siglo tras siglo. La cuna. Desde allí, desintegrar. Y no se tan partícipes de la historia como crean que los seremos. Inaugurar el reino, una extensión. Remordimientos de las naciones, eso inauguraremos.

viernes, 6 de enero de 2017

Día 963: Historia de fantasmas

El inspector revisó la cavidad con la premura que solicitaba el protocolo pertinente. Una sustancia pegajosa recubría la superficie. Anomalía de tipo 2, anotó en un cuaderno azul desgastado. Tomó un nuevo par de guantes de su maletín para observar las paredes. Están húmedas y descascaradas. De acuerdo a las palabras del señor Fitzwilliam, los últimos inquilinos, asesinados, por cierto, fue una pareja que vivió en los años veinte. Eso suma, noventa, si, más de noventa años sin habitantes. Eso debe explicar el abandono, pensó el inspector. ¿Para qué preocuparse? Si para eso no le pagaban. Solo informes de calidad ocupacional, el resto era historia de fantasmas.
Pero no eran los primeros. No. La casa del al lado. Y la casa de al lado de al lado. ¿Y la de al lado del lado de al lado? Es verdad, tenían ocupantes, ocupantes que parecían vivos. Pero esa sustancia estaba. Un hongo. Una mal función en las cañerías o algo así. Tampoco me pagan para eso, se repitió a si mismo el inspector. Pero también estaba la sensación. Estás deprimido, recordalo. Perdiste a tu familia. Es lógico que veas las cosas más muertas de lo que en realidad son.
Después esa película de Bruce Willis y un niño. Al final Bruce Willis estaba muerto. Ese era el efecto, la sorpresa. Capaz a él le pasaba algo similar. Tan solo debería hallar pruebas. Difícil, ya había hablado con más de una persona. Estamos todos muertos. Esa sería la explicación más lógica.
¿Y el dolor en la pierna? El otro día, durante una inspección, había trastabillado al subir una escalera. Un buen moretón se dibujó en sus rodillas. Y aún le dolia. Dolor. Eso no lo sienten los muertos. Salvo que las ideas acerca del mundo de los muertos estén equivocadas.
No. ¿Y su esposa? Ella de verdad estiró la pata. Si así fuera tendría que verla. O capaz no. Tal vez se encuentra en otro estrato. Un infierno más infierno. Un cielo más cielo. U otra cosa indefinible. Quién sabe. No conocía a nadie que hiciera censos en el más allá.
Recordó las palabras del señor Fitzwilliam: "Los Tucker, si. Muertos en guerra. Pobres. Todos lo estamos, ¿sabe?" Todos lo estamos. Curiosa metáfora. Quizás sea cierto.
La última casa a inspeccionar. Estado de la construcción: bueno. Tipo de vivienda: estilo americano. Pisos: dos. Madera. La base y la pintura parecía nueva. Una señora como de doscientos años de edad  esperaba al inspector. Estaba parada al lado de la puerta, con una postura erguida, impropia de su edad. La señora lo invitó a tomar el té.
No pasan muchas cosas emocionantes en el barrio, ¿sabe?, dijo la señora. ¿Nada extraño? No desde la muerte de los Tucker, los conocí, era una niña en esos tiempos. Ahora estan todos muertos. Salvo yo, creo. Y usted. El inspector sintió fuego a la altura de la garganta. Esta mujer debe saber algo.
¿Cómo es eso? ¿Todos muertos? ¿Pasó algún incidente? No me lo informaron del departamento. Todos, joven. Incluso ese espejo está muerto. Vea, vea. El inspector se acercó al espejo. Tenía polvo sobre la superficie y estaba enmarcado en madera de algarrobo. Buena constitución, se dijo a sí mismo. Y lo tocó. Nada extraño. Salvo la edad. El espejo debía tener más años que el Rey Delfín. A pesar de todo, el vidrio no parecía astillado. Cuando se acercó vio algo increible.
Un rostro demacrado lo observaba. Directo a los ojos. Un desconocido. Otra persona. Barba de varios días. Un traje sucio, roto en las costuras. La figura de un extraño que había sobrevivido a una catástrofe. Y aún así, muy por lo bajo, aún se encontraba la figura de un antiguo inspector de ciudad. La mujer se acercó detrás suyo. No se percató hasta que habló: ¿Ve lo que le digo? Está roto, no refleja nada.

jueves, 5 de enero de 2017

Día 962: Estado de facebook

Dele una bocanada al puñal. No se asuste. No entre en pánico. La sangre no vuelve más. El proceso de secado lleva tan solo unos minutos. Después, duro como una lechuga, el cadáver está listo para ser depositado en un nicho con o sin nombre. Así mi vida negra pintada. No me presten atención. Soy el desahuciado de la cabeza, vacío en idea e interés. No quiero quitarles su preciado tiempo. Divino tiempo, preciado. Dinero. Las horas que miden en billetes de a cien. Y nadie se detendrá en la cojera del ciego o en el tartamudeo del paralítico. Nadie a menos que la evidencia sea puesta sobre la mesa.
No brillen de más. No está bien. Nada esta bien. Todo es un grandísimo agujero negro. Negro pintado. Odio y recelo para la posteridad. Ustedes lo piden, lo tienen, lo saborean y lo vomitan. Una bulimia en el corazón que no deja espacio al sentimiento. Ustedes. Y yo. Y todos. Y ese marciano que me mira feo desde otro planeta. Todos implicados. Todos culpables. Cárcel para todos. Impiedad. Impiedad. Sostengan el candelabro y maten a la bestia, por la espalda. Que sufra, como la verdad. Por la espalda. Traidores. Cobardes. Y arrogantes. Pantallas de la hipocresía y del supuesto deber ser. Alejaos de mi planeta. El mundo no los quiere. Mueran secos. Son pasas de uva fuera de estación. Mueran con la premura de todo lo justo y necesario.
No sirvan más al pretexto de lo sacro. Juren y abdiquen en su inexistencia. Nada es sagrado. El mantra. Nada es sagrado. Que me coloquen las espinas y la corona y carguen encima de mi espalda la cruz. Nada es sagrado. Quiero decirlo todas las veces todas. No me presten atención. Soy el vacío negro. La prueba viva de la inutilidad de las palabras. La cosa vive. La cosa muerde. La cosa está enojada. Y acá estoy, sentado, sin que mucho me importe

miércoles, 4 de enero de 2017

Día 961: Lucifer

No voy a escribir nada. Me voy a quedar sentado y miraré las letras avanzar. Veré como se convierten en palabras sin mi consentimiento. Luego fumaré un cigarrillo y les daré la espalda. Así es el negocio. Crudo. Poco cocinado. Tibio. No importan los apelativos. Prefiero tirarme a una zanja. Un lugar en donde se descomponga mi cadáver sin joder a nadie. Quiero la paz del muerto. Quiero la fuerza de la palabra del muerto. Quiero que se eleve un gran evento alocutivo sobre mi cuerpo cansado de tanto obitar.
No me despierten. No molesten. Ya me fui. Las cosas no se quedan. Se van y listo. Se apagan y listo. Se extinguen y listo. Se acaba el carrete y listo. Es lo último. No más. Las almas desprevenidas pueden recomponer el paisaje ocioso sin parecer más de lo que son. Las almas pueden ser palabras también, y escapar de mi control. Que el texto deje de ser. Que el sentido deje de ser. Que las letras dejen de ser. Que yo deje de ser. No quiero más. No quiero más el juego de la ratonera. La espera por la presa. El juego del cazador. Hundido.
Basta de eufemismos rimbombantes. Basta de sustanciosos argumentos rellenos de gomaespuma. El perro muerde y no pregunta. El tiempo muerde y no pregunta. La luz muerde y no pregunta. No nos queremos. Abajo la mentira. Eso fue un engaño. Montamos el teatro de sombras con los pedazos de un amor quemado. El óxido se desprende de las paredes. No hay más cuidados posibles. No hay más advertencias. El mandato es caer. Caer como se pueda. Caer con los pies, o con las manos. Caer, y no preguntar. Después de todo, mi reinado así comienza.

martes, 3 de enero de 2017

Día 960: Último plagio

Inventé una idea vieja. Soy corto. Nadie me entiende. Y a veces me piso a mí mismo. ¿Quién quiere quererme? Nadie. Es una bella respuesta. Nadie. Nadie es mejor que nada. Es algo a lo que le podés poner un disfraz, o gritarle, si estás enojado. Nadie, pará. Detente, muerte, detente. Frená el flujo de lo irredimible. La vida me devuelve los gritos en forma de trompadas. Sentí el golpe, sentí el golpe. Fino. Hay lamento. Fino. No es para el que desoye las alabanzas. No es para el que se sabe la historia. No es para nadie. Igual nos hacemos cargo.
Volvimos de la fuente, una semilla atragantada en el útero de las circunstancias. Nacer con poco y la vuelta a la calesita que pasa rápido. No hay otra vez, otra vez mamá. No hay mamá. Hay una danza de la destrucción, de la tierra que traga todo el vestigio del cuerpo. Huella en arena. El bastardo borra su crimen con la parsimonia del experto.  La sola idea, vieja, de hacer rechinar el diente. No me culpen. Soy solo uno. Uno de tantos.
Al final no era mucho. La modorra y mi resentimiento. Soy poco hombre para tanta humanidad. No lleno el pantalón. A mí déjenme mearlo. O cargarlo. Soy bueno con la mierda y esas cosas. Quiero la idea vieja. Ese síntoma repetido, día a día, mes a mes, hasta la puta eternidad del fin de todas las cosas.

lunes, 2 de enero de 2017

Día 959: Sin pista

Creeme. Lo digo sin razones. Para que hagas el salto al vacío y no preguntes. La vida está mucho más allá de nuestras pretensiones. No pretendas menoscabar el orden de la existencia. El lineamiento de millones de paralelos en una ruta perpendicular. Vas a sufrir. Con la sangre de la madre, el fruto del padre y el desorden entre medio. Así montaremos nuestro paraíso coyuntural.
Te gusta la ceguera. No es para todos. Hay que merecer el castigo, que el premio se vuelva negro en el labio. Preguntas imposibles. Si los canguros invadieran Australia. Si el agua no mojara tanto. Nuestro pequeño juego sin reglamento. Nos arrastramos por un tiempo afuera.
El truco del condicionamiento. Somos demasiados salvajes para entender la perfección. Nos gusta mucho el barro como para entretenerse con las nubes. Agarrarse con fuerza a su pedazo de realidad. No provoquen al Can Cerbero. Viviré en alerta permanente. Eso me gusta. O al menos creo.

Día 958: Antesala al comienzo de todas las cosas

No nos va a refrenar el rebenque. No. Somos una fuerza primaria, inmedible. El agua nos arrastra hasta la orilla con el impulso de una inercia desconocida. Basta de leyes, adiós gravedad. Somos lo que supimos y seremos ser en cada momento en el que los pedazos de nuestros cuerpos decidan reencontrarse. Un poco de muerte en el tiempo es lo que necesitamos. También pedimos sal, para darle sabor.
El simposio nunca acaba. Las palabras van a salir en otro orden. La alternativa de acuerdo al paso del tiempo. Somos un mero exponente del instante. Después olvidaremos. Es el ciclo. A eso respondemos. La vida nos pone en esa situación, de respetar las etapas a pesar de repetirse en bucle.
Nademos en el agua de la existencia, una fina red que puede rasgarse, pero solo un poco. Al menos. En apariencia. Saldremos despedidos a la completitud de las cosas. Por alguno de los tiempos el círculo habrá de cerrarse. De alguna forma. Icónica o deforme. Como sea. Nos repetiremos. Y es la verdad. Una agradable. Una que sentimos cuando éramos bebés. La tranquilidad de los esperable. En eso estamos. 

Linkwithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...