martes, 3 de enero de 2017

Día 960: Último plagio

Inventé una idea vieja. Soy corto. Nadie me entiende. Y a veces me piso a mí mismo. ¿Quién quiere quererme? Nadie. Es una bella respuesta. Nadie. Nadie es mejor que nada. Es algo a lo que le podés poner un disfraz, o gritarle, si estás enojado. Nadie, pará. Detente, muerte, detente. Frená el flujo de lo irredimible. La vida me devuelve los gritos en forma de trompadas. Sentí el golpe, sentí el golpe. Fino. Hay lamento. Fino. No es para el que desoye las alabanzas. No es para el que se sabe la historia. No es para nadie. Igual nos hacemos cargo.
Volvimos de la fuente, una semilla atragantada en el útero de las circunstancias. Nacer con poco y la vuelta a la calesita que pasa rápido. No hay otra vez, otra vez mamá. No hay mamá. Hay una danza de la destrucción, de la tierra que traga todo el vestigio del cuerpo. Huella en arena. El bastardo borra su crimen con la parsimonia del experto.  La sola idea, vieja, de hacer rechinar el diente. No me culpen. Soy solo uno. Uno de tantos.
Al final no era mucho. La modorra y mi resentimiento. Soy poco hombre para tanta humanidad. No lleno el pantalón. A mí déjenme mearlo. O cargarlo. Soy bueno con la mierda y esas cosas. Quiero la idea vieja. Ese síntoma repetido, día a día, mes a mes, hasta la puta eternidad del fin de todas las cosas.

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