miércoles, 4 de enero de 2017

Día 961: Lucifer

No voy a escribir nada. Me voy a quedar sentado y miraré las letras avanzar. Veré como se convierten en palabras sin mi consentimiento. Luego fumaré un cigarrillo y les daré la espalda. Así es el negocio. Crudo. Poco cocinado. Tibio. No importan los apelativos. Prefiero tirarme a una zanja. Un lugar en donde se descomponga mi cadáver sin joder a nadie. Quiero la paz del muerto. Quiero la fuerza de la palabra del muerto. Quiero que se eleve un gran evento alocutivo sobre mi cuerpo cansado de tanto obitar.
No me despierten. No molesten. Ya me fui. Las cosas no se quedan. Se van y listo. Se apagan y listo. Se extinguen y listo. Se acaba el carrete y listo. Es lo último. No más. Las almas desprevenidas pueden recomponer el paisaje ocioso sin parecer más de lo que son. Las almas pueden ser palabras también, y escapar de mi control. Que el texto deje de ser. Que el sentido deje de ser. Que las letras dejen de ser. Que yo deje de ser. No quiero más. No quiero más el juego de la ratonera. La espera por la presa. El juego del cazador. Hundido.
Basta de eufemismos rimbombantes. Basta de sustanciosos argumentos rellenos de gomaespuma. El perro muerde y no pregunta. El tiempo muerde y no pregunta. La luz muerde y no pregunta. No nos queremos. Abajo la mentira. Eso fue un engaño. Montamos el teatro de sombras con los pedazos de un amor quemado. El óxido se desprende de las paredes. No hay más cuidados posibles. No hay más advertencias. El mandato es caer. Caer como se pueda. Caer con los pies, o con las manos. Caer, y no preguntar. Después de todo, mi reinado así comienza.

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