viernes, 6 de enero de 2017

Día 963: Historia de fantasmas

El inspector revisó la cavidad con la premura que solicitaba el protocolo pertinente. Una sustancia pegajosa recubría la superficie. Anomalía de tipo 2, anotó en un cuaderno azul desgastado. Tomó un nuevo par de guantes de su maletín para observar las paredes. Están húmedas y descascaradas. De acuerdo a las palabras del señor Fitzwilliam, los últimos inquilinos, asesinados, por cierto, fue una pareja que vivió en los años veinte. Eso suma, noventa, si, más de noventa años sin habitantes. Eso debe explicar el abandono, pensó el inspector. ¿Para qué preocuparse? Si para eso no le pagaban. Solo informes de calidad ocupacional, el resto era historia de fantasmas.
Pero no eran los primeros. No. La casa del al lado. Y la casa de al lado de al lado. ¿Y la de al lado del lado de al lado? Es verdad, tenían ocupantes, ocupantes que parecían vivos. Pero esa sustancia estaba. Un hongo. Una mal función en las cañerías o algo así. Tampoco me pagan para eso, se repitió a si mismo el inspector. Pero también estaba la sensación. Estás deprimido, recordalo. Perdiste a tu familia. Es lógico que veas las cosas más muertas de lo que en realidad son.
Después esa película de Bruce Willis y un niño. Al final Bruce Willis estaba muerto. Ese era el efecto, la sorpresa. Capaz a él le pasaba algo similar. Tan solo debería hallar pruebas. Difícil, ya había hablado con más de una persona. Estamos todos muertos. Esa sería la explicación más lógica.
¿Y el dolor en la pierna? El otro día, durante una inspección, había trastabillado al subir una escalera. Un buen moretón se dibujó en sus rodillas. Y aún le dolia. Dolor. Eso no lo sienten los muertos. Salvo que las ideas acerca del mundo de los muertos estén equivocadas.
No. ¿Y su esposa? Ella de verdad estiró la pata. Si así fuera tendría que verla. O capaz no. Tal vez se encuentra en otro estrato. Un infierno más infierno. Un cielo más cielo. U otra cosa indefinible. Quién sabe. No conocía a nadie que hiciera censos en el más allá.
Recordó las palabras del señor Fitzwilliam: "Los Tucker, si. Muertos en guerra. Pobres. Todos lo estamos, ¿sabe?" Todos lo estamos. Curiosa metáfora. Quizás sea cierto.
La última casa a inspeccionar. Estado de la construcción: bueno. Tipo de vivienda: estilo americano. Pisos: dos. Madera. La base y la pintura parecía nueva. Una señora como de doscientos años de edad  esperaba al inspector. Estaba parada al lado de la puerta, con una postura erguida, impropia de su edad. La señora lo invitó a tomar el té.
No pasan muchas cosas emocionantes en el barrio, ¿sabe?, dijo la señora. ¿Nada extraño? No desde la muerte de los Tucker, los conocí, era una niña en esos tiempos. Ahora estan todos muertos. Salvo yo, creo. Y usted. El inspector sintió fuego a la altura de la garganta. Esta mujer debe saber algo.
¿Cómo es eso? ¿Todos muertos? ¿Pasó algún incidente? No me lo informaron del departamento. Todos, joven. Incluso ese espejo está muerto. Vea, vea. El inspector se acercó al espejo. Tenía polvo sobre la superficie y estaba enmarcado en madera de algarrobo. Buena constitución, se dijo a sí mismo. Y lo tocó. Nada extraño. Salvo la edad. El espejo debía tener más años que el Rey Delfín. A pesar de todo, el vidrio no parecía astillado. Cuando se acercó vio algo increible.
Un rostro demacrado lo observaba. Directo a los ojos. Un desconocido. Otra persona. Barba de varios días. Un traje sucio, roto en las costuras. La figura de un extraño que había sobrevivido a una catástrofe. Y aún así, muy por lo bajo, aún se encontraba la figura de un antiguo inspector de ciudad. La mujer se acercó detrás suyo. No se percató hasta que habló: ¿Ve lo que le digo? Está roto, no refleja nada.

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