miércoles, 11 de enero de 2017

Día 967: La orden

Tengo algunas cosas para decirle respecto a la administración de este hotel, dijo antes que le arrancaran de cuajo el brazo. Murió al toque. Bueno, no fue tan así, tardó como cinco minutos en desangrarse. Pero eso no cambia el hecho. El hombre de la 342 estaba muerto. Tan muerto como esos huesos enterrados en el cementerio. Y nadie lo supo hasta que salió en las noticias. Ellos eran la primera plana. Hotel asesino. Dueño de hotel víctima de un brote psicótico acuchilla a todos sus clientes. Y cosas por el estilo.
La mañana no fue muy distinta a las anteriores. Firmar cheques. Revisar el inventario de cocina. Hablar un rato con los chicos nuevos. Esos niños necesitan una dosis de liderazgo. Nadie te enseña en la facultad a ser proactivo. Ese era su lema. Bah, uno de sus tantos lemas. El señor Astair era un universo de lemas comprimido en una sola persona. Y ese ruido. Fino, insistente. Debe ser el tinnitus. Eso le dijo el doctor de la 217. Ese tipo sabe. Aunque su corazón le dijera lo contrario. Algo más pasa. Debe ser el amor.
El señor Astair tenia 74 años, una gruesa panza y el placer de atender nuevos clientes intactos. Los acompañaba al hasta sus habitaciones, incluso a algunos les llevaba él mismo sus maletas. Para que aprendan los nuevos. Ya saben, compromiso y proactividad, ese es nuestro lema. Uno de tantos, de los muchos del señor Astair. Otro: nunca abuses del papel higiénico. O: Roma no se construyó sobre el derroche, eso vino después.
Y la sonrisa se le cayó a pedazos cuando el extraño ingresó al hall. Lo conozco, estoy seguro, pensó el señor Astair. Apuró el saludo, pero no recibió mano que lo contenga. Espero que me sirva, declaró el extraño. ¡Pues claro, hombre, para eso estamos! El hombre detuvo con un ademán la efusión de zalamera del señor Astair. Señaló con un índice huesudo una de las llaves de las habitaciones. Pero está sucia, señor. No importa, usted sirva.
El señor Astair se ofreció a acompañar al cliente a la habitación. Trato de sacar tema de conversación, pero ante la parquedad de su cliente optó por permanecer en silencio el resto del trayecto. Tan ensimismado en sus pensamientos quedó que apenas sintió lo que le decían. ¿Qué qué? Digo, que se está pasando de largo. Una vez más el índice huesudo se posó sobre los numeros dorados de la habitación. La 342, acá es. Usted entra conmigo. Se lo agradezco mi señor. Usted entra conmigo, usted sirve. Y el señor Astair giró la llave.

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