viernes, 13 de enero de 2017

Día 969: 42

Me detuve en un promontorio para resolver el enigma. Tenía muchos números y algunas palabras. No se parecía en nada a las preguntas de la Esfinge. No. Esto era una super complicación. Algo de Fibonacci, tal vez. O una secuencia dorada escondida. Me pasé veinte años de mi vida tratando de resolver esa mierda. Hasta que me cansé. Ese día dije, se va todo al carajo, esto no tienen sentido. Y una voz desde arriba dijo con una potencia digna de un recital de Manowar: ¡Correcto!
Así que todo se trataba de un puto concurso de preguntas y respuestas. A eso me llevó la vida. Y solo partí de una hipótesis sencilla: descubrir el entramado sobre el que reposa el universo. Debe haber una conexión, ligazones ocultas, pensé, en mi arrebato de joven estúpido académico. Verán, cuando uno es inexperto suele incurrir con frecuencia en estos errores, creer que el mundo se va a adaptar a nuestras teorías, creer que vamos a ser capaces de encapsular un huracán dentro de un libro y cosas así. Boludeces elitistas. Son cuentos, mentiras, cosas que nos cuentan nuestros padres de chicos para asustarnos y tenerle respeto a algo que no se lo merece.
Allá afuera descubrí la verdad. Una entre muchas. En realidad sí descubrí el entramado del universo, pero no se caracteriza por su consistencia lógica. No, no vayan a creer eso. Por el contrario, es frágil, muy frágil, más frágil que un vaso malo de fábrica. Cualquier acción, incluso mover el dedo gordo del pie, destruye este entramado. Pero no se preocupen, no es como la capa de ozono. Este se reconstruye más rápido. Aunque no tenga los pasos de una secuencia espacio-temporal conocida por nuestra especie. Es más bien un organismo libre, vivo, que se reproduce bajo los mecanismos de la física cuántica. Es muy difícil de explicar, porque yo en veinte años tampoco lo entendí.
El organismo universal se deja ver pero no tocar. Huele el peligro, o sea nosotros. Así que se camufla para proteger su debilidad. Cambia su apariencia al azar. Durante veinte años analicé una reducción de tiempo y espacio, un grano de polvo en la constitución del vasto universo. Fui capaz de observar hasta un millón de disfraces o cambios de entramado. En un solo día. Estoy seguro que me perdí unos cientos.
El origen no es velado. No tenemos esa tarjeta de autorización. Viviremos en la puerta. Para sentir la música de adentro, y disfrutar de la rendija de luz. Acá afuera está negro. No me gusta mucho, pero es lo que hay.

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