jueves, 19 de enero de 2017

Día 975: Chiste

Dedicado a clavar con persistencia el vidrio en la carne. No lo saben pero este es mi testimonio, un último adiós entre tantos amagues. Acá escribiré algo del testamento que siempre me negué a concebir, no por la imposibilidad de confeccionarlo sino el miedo de su existencia, amarga y oscura, un virus de tiempo que deviene en bomba y circunstancia. La arritmia desiste en mi cuerpo, no voy a morir de algo que no valga la pena. Es irse con todos los caballos, con las luces encendidas y las cuentas sin pagar. Es olvidar a vivir los tiempos de revolución.
El gran estornudo preside la junta. Seremos muchos los enfermos, otros tantos los contagiados. Aire envicia la congestión del esfuerzo. Alergia del instante. No sueñes otra nariz, el oído, el pulmón permanece. No más recambios de piezas. La verdad última, definitiva. El canto devastador de la sirena, un llamado a la guerra de todas las eras. Volveremos atrás, hasta la inexistencia misma, con anhelo de trascender el pequeño punto que da inicio a las cosas. Respirar poco y sobrevivir. Un mundo adelante.
Forzaré la puerta con ese robo. Voy a moverme adelante, más allá de donde nadie ha ido. Un viajero imposible, insólito e incoherente. Me moví para ver los círculos, para darme cuenta que son cuadrados. Que existe una gracia última, infinita, una risa cómplice por nadie escuchada. Un sonsonete alabatorio, repetitivo, el chiste eterno. Somos pedazos y más. Chistes y menos.

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