domingo, 22 de enero de 2017

Día 978: Carne en diente

La Tierra gira a millones de kilómetros. Desde lejos parece que no se mueve. Si pudiéramos acercar la cámara nos percataríamos de ese pequeño hombre que trabaja día y noche por la conquista del mundo. Tiene una enorme habilidad. Sus dimensiones impresionan. Muchos centímetros. Una muralla China de carne, dirían. Nunca un Guinness. Se camufla, me cuentan los expertos.
Allá lejos se asoma el pito. Un pito macabro, con planes de dominación. Quiere subyugar a todo agujero. Lubricar lo no lubricado. Y sobre todo, avanzar. La picadora humana, un pito fuera de control, lleno de ira. Malhumorado. Ya no resiste el buen sexo. Su placer se centra en la capacidad de destruir. Todas estas cosas, por supuesto, su dueño no las sabe. Quiere conquistar el mundo, es verdad, pero sus motivos difieren en mucho a los de su abundante miembro viril. Se preocupa, es cierto, por tener unos pantalones holgados, que resistan la incomodidad e ignora que la cosa tiene vida propia.
Así es lo que ocurrió esa noche. El pito aprovechó que su dueño dormía para escapar. No le resultó fácil. Tuvo que serruchar el cuerpo para que el hombre se desangre. Ahora, solo bajo las estrellas, planeó su ataque contra la humanidad y se olvidó de la dependencia órgano-cuerpo. Gesticuló unos movimientos torpes antes de quedar duro en el suelo. Amo y esclavo murieron cuando la luna ser encontraba en su apogeo.

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