lunes, 30 de enero de 2017

Día 986: Muerto que baila

No me pasé toda una vida en sintonía para esto. Aguardé el llamado para matarlos a todos. Pero no vino. Tuve que contentarme con matarme de a poco. Lo único a lo que pude acceder en mi pobre existencia de pobre hombre pobre. No tengo nada en contra de lo que fui. Solo la prohibición de ser en un presente remoto otra cosa. Algo diferente. Un permiso de frontera.
Desde la tranquilidad pensé, por única vez. Es el momento de saltar, me dije. Acogotarme contra el viento y que el resto se pudra. Un cuerpo inservible menos. Y nada lo de adentro. Un leve contoneo antes del quiebre definitivo. Lo gozamos. Es cierto. Lo gozamos. Grandes aventuras teñidas de estiércol. Buenas vibras y toda la mierda hippie a cuestas.
Desaparecí porque quise. El capricho me hace sentir lo que soy, un algo con sangre y cartílagos, un algo que ingresa oxígeno y exhala otra cosa. Un algo que puede hacer lo que se le antoja. Con pánico rezagado caímos a la fiesta. Esa sonrisa falsa nos hizo la noche. Desde entonces estamos muertos. Y no nos molesta.

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