martes, 14 de febrero de 2017

Día 1001: El después

En los confines de la patrulla escarlata los mandos mayores del ejército planeaban una estrategia de escape. Sherazade conocía los gustos sexuales del Sultán, solo debía contar una historia para que su miembro viril asuma la proporción indicada como para llevarla a sus aposentos. Sus caderas se contoneaban mientras el cuento salía de su boca, una gran mentira, pensó, ya no tengo más que decír, me va a cortar la cabeza.
El Sultán se mesía la barba. ¿Patrulla escarlata? ¿Qué clase de invento es ese? Sherazade hizo oídos sordos a la petición del gobernante. La invasión alienígena era inminente, solo contaban con un avión y un piloto experimentado. Con una carga de explosivos capaz de volar tres veces Hiroshima se conduciría a la nave nodriza y, con suerte, saldría vivo para una secuela. Hicieron una película mediocre con esa historia, la hizo Will Smith.
¡Que traigan el bolso! dijo el Sultán. El hombre no podía contener su enojo, tampoco el ardor en su entrepierna. Qué noche pasaría con ella, tal vez le haría otro hijo. Mil noches frustradas por un burdo entretenimiento, ahora descubriría la farsa. En ese bolso debe tener un pergamino, un hechizo, algo, esa mujer no puede conocer tantas historias, maldita bruja. ¿Qué clase de imaginación sublime podría inventar un mundo plagado de computadoras, teléfonos y automóviles cargados de petróleo refinado en su interior. Astronautas, visitas de otro mundo. Telescopios. Lentes capaces de recuperar la vista perdida. Es demasiado.
Así descubrieron la máquina del tiempo de Sherezade. El aparato era del tamaño de una tablet. Bruja, sacerdotisa del mal, señaló el Sultán. Le cortaron la cabeza. Un líquido negro manchó el suelo. El cuerpo sin cabeza de Sherazade se levantó del piso. Sus manos ahora eran ametralladoras. Mil y una noche fueron balas.

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