domingo, 5 de febrero de 2017

Día 992: Coto

Se paró al borde de la ventana, como de costumbre. Otra vez esos pensamientos, como de costumbre. ¿Qué diría el doctor? Otra vez empezar con el tratamiento. Ese matasanos solo sabe de pastillas y cumplidos. Pastillas y cumplidos. Estás más gordo, tomate esto. Te veo bien, tomate esto. Y así. Nadie puede vivir subyugado por la sombra de la muerte. A la larga nos llega, o al menos ese era su pensamiento antes de saltar al vacío.
La ambulancia tardó unos curiosos quince minutos en llegar. Sin mayores esperanzas, uno de los camilleros tomó la consagrada, la bolsa negra. El médico hizo un gesto con la mano. Un puño que se cierra y se abre. Todavía falta, aunque no mucho. Lo atendieron como pudieron. Sus signos vitales se les escapaban de las manos. Signos resbalosos, untados en manteca.
Qué día feo para morir, dijo Eduardo, mientras arrojaba las cenizas de su cigarrillo por la ventanilla de la ambulancia. Su compañero, el chico nuevo, no respondió. Ido. Un punto fijo reclamaba su mirada. Es feo y ya, pensó. Siempre lo es. Podría haber sido cualquiera. Y no. No lo era. Lo conocía.
Lo bajaron con diligencia. Una enfermera recibió al paciente, aún con pérdida de conocimiento. Tratalo bien, dijo el doctor de guardia. Sí, claro, cómo no. Ahí estaba, el hombre, tan frágil, al borde de un inevitable deceso. Vamos a hacer lo mejor, se dijo a sí misma, sí. Aunque no quiera. Cosas de la profesión. Así debemos tratar a las personas que conocemos tan bien.
Horas en el quirófano. El cuerpo respondió. No más pastillas. No más cumplidos. ¿Tendría la ocasión de pronunciar unas últimas palabras? Quizás algunos lo escucharían. Estoy solo. Solo en mí.
Lo trasladaron a una habitación de cuidados intensivos. No cualquiera. Debían ser discretos. Hay familiares, y otros conocidos. Cosas en juego. Unas cuantas palabras similares que entraron en oídos de la mucama. Lo conozco. Claro que lo conozco, dijo en voz alta. Nadie la escuchó, la habitación era más silencio que otra cosa. Mejor. Acomodó la  almohada y presionó con suavidad. Poco a poco los signos vitales del Presidente de la Nación comenzaron a decir adiós.

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