jueves, 9 de febrero de 2017

Día 996: En China no pasan estas cosas

No consigo abandonarme por completo. Me entregaron sin esa capacidad. Juguete defectuoso, devuélvanme a China, con todos esos chinos y sus cosas chinas. No sé como desatascarme, solo consigo hundir lo más hundido, hacer un pozo, y terminar en China. Desde luego, con chinos. Todos me miran. Voy desnudo, como en esos sueños feos, con la vergüenza colgada entre las manos.
Abandonen la esperanza. Dejen los zapatos en la puerta. Entren sin media, lávense los pies. El olor a la culpa. Eso que te dice que un Papa te quiere y te lava el pie. Un Papa que te susurre cosas chanchas al oído. Un Papa que te deje coger nenes. Me dejo y me agarro. El cerebro es una pelota de fútbol prendida fuego. Las moscas vuelan sobre mi cadáver, las entiendo, tienen hambre. No puedo dejar de ser lo que soy. Es una necesidad, o más bien un impulso.
Nos autoconfinamos al fracaso con el deleite de la tarea cumplida. Allá soy bueno, rápido, como Usain Bolt. Fracasaré a la velocidad de la luz, con todas mis ganas. Quiero romperme tanto hasta llegar al polvo, uno capaz de ser ingerido a través de la nariz. Quiero drogarme en mí mismo. Volarme alto. Escaparme. Darme vuelta. Del revés. Del dorso. Se vé más o menos igual. Pero diferente.

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