sábado, 11 de febrero de 2017

Día 998: Oreja caliente

Desde entonces no nos comunicamos. Perdí la señal de celular a propósito. Corté la luz. Dejé de pagar el cable. No quiero saber más de vos. Te fuiste. Sí. Así de lejos de mi vida. Ahora te cuento, te pongo al día. Hay novedades. Soy yo, uno nuevo, diferente al que conociste, ¿sabés? Conocí a otra persona, nos llevamos bien, incluso se atreve a limpiarme los calzoncillos sin hacer cara de asco. Eso anotalo para cuando me vuelvas a pedir algún servicio.
No, no estoy contento con la atención brindada. Deberían cobrarle impuestos a los inmigrantes. Más impuestos. Nuestra nación se hace sobre los impuestos de los inmigrantes. Bueno, así debería ser, no soy político. Tengo algo de sentido común. Mi maestra de tercer grado siempre me lo decía, Rodolfo, tenés algo de sentido común. No sé si era sarcasmo, yo creo que lo decía en serio. Lo que me perjudica es el amor. Querer a las personas me enferma. No les guardo resentimiento, es solo una elección de vida. Algunos deciden tener un perro, otros se cortan el pelo y se hacen una poronga al costado. A mí me gusta estar alejado de la galaxia, la Vía Láctea. Me tomaría un cohete, si pudiera, pero todavía no inventaron la tecnología que me permita vivir en paz. Soy un hijo de este tiempo, saben, esta cosa de vivir en angustia permanente, somos como una mezcla de pasado y futuro en un mundo en el que no pasa una mierda.
No soy el primero que se frustró al llegar al 2000. La gran mentira de los Supersónicos. Nada de casas en el cielo, adiós autos voladores. Lo único que me permitió un vuelo, las veces que me pegó, es alguna que otra línea de cocaína. Nada más. Y vos, claro. Apareciste en mi vida un 22 de octubre de 2007 a las 17.02. Lo tengo anotado, por si algún día me agarra el alzheimer y me vuelvo un tarado sin cura, más tarado sin cura de lo que ahora soy. Ese fatídico 22 de octubre de 2007 a las 17.02 sonó el teléfono. Para mi mala fortuna hice lo que no debía: atendí.
Y me llegó tu voz desde el otro lado del tubo. Distante, como de China. Aunque con un tonito cordobés. Me preguntaste si estaba interesado en contratar un nuevo servicio de telefonía celular con internet gratis. Te dije que no. Vos me dijiste que está bueno. Te dije, de modo amable, claro, que no me importa. Vos me dijiste que me voy a tirar al caño una oferta imperdible, que me bonificaban no sé que mierda por el transcurso de seis meses. Yo dije que gracias, pero no. Vos me dijiste que iba a tener diez números gratis bonificados, y que también hasta me iban a regalar una frazada para el perro, bueno eso no sé si es cierto o si lo inventé, no sé, no lo tengo anotado. Te dije que capaz lo voy a probar, sin decir la palabra mágica, ese embaucador sí que iba a morir en mis labios. Mi costado siniestro, claro, esa necesidad de hacerte parir el bendito ofrecimiento.
Desde entonces te amé a mi manera, con odio. Cada puta semana el teléfono sonaba, y te tenía así, en vilo. Me agregabas por cincuenta centavos un celular con veinte por ciento de descuento en pago de doce cuotas sin interés. Un día me ofreciste el plan familiar, para que me pueda comunicar con toda la familia, a mí, a mí, a la persona que desea tapiar su departamento y encerrarse en el baño hasta que el hambre me cague matando. A mí. Fui amable, sí. Te dejé hablar una hora, a vos y tu tonito cordobés de call center. No entiendo. Diez años. Nunca te fuiste. No te ofrecieron un mejor trabajo. Te prostituiste día a día por el mismo magro salario. Y siempre fuiste vos. No Carlos, no Melina, no, vos. Siempre vos. Me tenías agendado. Me anotaste. Yo era tu trofeo personal. Querías colgar mi cabeza en tu living y contarle a tus amigos una estúpida anécdota de cómo me cazaste con un abono prepago con ochenta teléfonos gratis para enviar SMS. Hasta compré un celular en otra compañía, solo para verte sufrir desde el otro costado del teléfono. Entendí tus respiraciones, estabas nerviosa el otro día. Quisiste abandonar, lo sé. Por un instante dudaste en seguir con este juego macabro.
Si vieras a tu Rodolfo. Llamé y pedí hablar con vos. No sé como llegué a vos. Hablamos, te dije si querías salir a tomar algo conmigo. Me dijiste que no, que estabas casada. Te dije que no me importa, que no soy celoso. Creo que te reíste. Yo te dije que mi oferta venía bonificada con una noche inolvidable. No sé si aplaudiste mi ingenio pelotudo desde el otro costado del teléfono. No sé. Solo sentí a continuación el intermitente LA 440. Abandonaste. Una semana después volví a recibir una llamada de tu empresa, era otra telefonista, me ofreció un plan premium. Dije que sí.

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