jueves, 16 de marzo de 2017

Día 1031: La verdad sobre el caso del señor Adolfo

Adolfo tenía un problema con la droga: le gustaba mucho. Así que nunca se preocuparía por rehabilitarse. Eso es para los pobres de mente, pensaba. Tengo un sistema inmunológico bueno. Y así fue, duró como setenta y tantos en la ruta, antes de morir aplastado por un camión atmosférico. Fue literal, murió ahogado en un charco de mierda.
La gente de la morgue tuvo un buen trabajo como para que no oliera tan feo, bueno, que oliera solo a muerto y nada más. Eso. La familia de Adolfo, que por suerte atravesaba un buen momento económico, pudo costear el mejor servicio funerario. En la sala se congregaron todos los parientes, flores, llantos y adolescentes indiferentes en busca de señal para el celular. El oficio fue sencillo, duró un par de horas antes que los dueños de la funeraria cerraran las puertas.
Una empleada de mantenimiento limpió los restos de café y sándwiches de miga del piso. Pasó un poco la escoba, sacó polvo, pero no mucho. Con una franela lustró a desgano el cajón. El muerto ni se inmutó. Hasta que dejó de estarlo. Una respiración entrecortada salía de la boca del cadáver. La mujer no se dio cuenta, estaba tan acostumbrado a esa clase de muertos. Cuatro matrimonios, siete hijos y un novio desintesado es suficiente como para envidiar a los muertos, solía decir medio en broma, aunque para sus adentros sabía que era medio en verdad.
A eso de las siete y media de la mañana las puertas de la funeraria dejaron que ingresen por última vez los familiares de Adolfo. Una prima segunda, una madre, dos amigos y cuatro compañeros de trabajo. Los compañeros de trabajo vinieron un rato, antes de entrar a la oficina, para saludar, y quizás manguear un alfajor de maicena. La madre no se despegó del ataud, como anoche. La respiración de Adolfo ahora se acompañaba con el pestañeo regular de las personas que aún viven.
¿Dónde está papá? preguntó. La madre de Adolfo dijo, viene después, hijo. Estaba tan shockeada por su muerte que apenas tuvo tiempo a shockearse por su resurrección. Uno de los amigos se acercó al cajón. Incrédulo, con la boca abierta, no supo qué decir. Es una broma, sí, es una broma, ese hijo de puta, borracho drogón. Un faso, dame un faso. El amigo le acercó un porro que había armado con mucho cuidado esa mañana al levantarse. Tené cuidado, Adolfo, a ver si te cae mal. Estuviste bastante tiempo muerto, o catatónico, no sé. ¿Usted vio esa película del muerto vivo, señora?
La madre observó y no dijo nada. No conocía películas de ese tipo. Tal vez algún cuento de Poe, pero no que tenga a su hijo como protagonista. Adolfo dio una pitada al faso y se sentó en el ataúd. El dueño, que sintió el aroma, de inmediato se acercó y pidió por favor que apaguen el cigarrillo, que es un lugar serio y todo un palabrerío por el estilo acerca de la excelsa moral de sus establecimiento.
Adolfo apagó el porro. Estaba triste. Muy triste. Vivir no es vida. Tanta fue su decepción que su cuerpo salió volando. Se elevó por la habitación y salió por la ventana. Encontraron su cuerpo a unos 350 metros. La caída había destrozado su cuerpo. 

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