martes, 4 de abril de 2017

Día 1049: Poco cuento

La última puesta del sol. Luego de eso moriría, o tal vez entraría en coma. O quizás ocurra el milagro, un dios descancerizador. Algo que revierta el enchastre de la quimioterapia y los tumores alborotados que habían hecho base en su páncreas. El oncólogo señaló un abanico de actividades dignas de un paciente de su alcurnia. El selecto club de los IV, el reino de la metástasis. 
Y aún así nunca se sintió mejor en la vida. Morir sería tan solo un accidente. Uno de los que a veces ocurre, como cuando se cae el tarro de leche de la mesa y el gato se lo toma. Esa clase de accidentes. Ser feliz ante el desenlace que todos conocen. Es un poco dejarse llevar y comenzar a reorganizar los átomos para que formen parte de algo distinto a un cuerpo humano. Tierra, polvo, gusano. 
Y lo peor, el desenlace y la gran broma última, la mejoría final. La estúpida esperanza del infinito, de lo eterno, de la trascendencia. Esos cuentos inventados para sentirse mejor con algo que no está diseñado para hacernos sentirnos mejor. A veces es mejor no preguntar antes que alguien meta la pata hasta el fondo. El sol trasmite sus fotones hacia millones de lugares y menos pregunta. El sol, dador de la vida y el cáncer. Qué poco importa cuando deja de haber cuento en el carretel. 

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