domingo, 23 de abril de 2017

Día 1068: Errores que tienen todos

Así quería tenerlo. Uno a uno. Hombre reducido a una habitación. Cuatro paredes, una puerta cerrada. Sería una confesión o una tortura, o ambas. Ese hijo de puta tenía que confesar el engaño. Gibbs encendió su cigarrillo y lo apagó en la cara del hombre atado. Despertó en seguida. No gritó. Buena constitución, resiste al dolor, los entrenan bien los rusos. Y la revelación suficiente: no va a hablar.
Esto va a durar días. Podemos charlar de lo que sea, dijo Gibbs. Y me vas a decir lo que necesito, tarde o tarde. Así lo conocían en la oficina: el lento Gibbs. El lento Gibbs que se toma su tiempo para todo. El hombre era una tortura china viviente. Les taladraba el cerebro. Gibbs hizo parecer hasta estúpida la expresión "ganar por cansancio". Ese era su negocio.
Del otro lado tenía a uno difícil. Tal vez lo tenga un mes. Un año. O dos segundos. Gibbs hizo algo inesperado: un gesto en las manos. Impaciencia. Ese hombre va a morir en su ley, si así lo desea.
Y Gibbs desoyó las palabras de su prisionero a falta de información relevante. No le creía y ese era el problema. Diferencia de criterios, así le decían. Porque lo que nunca descubriría el lento Gibbs es que aquel hombre no era quien decía ser. Aquel hombre era inocente.

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