miércoles, 26 de abril de 2017

Día 1071: Construcción en obra

Todo soldado sabe donde se halla Roma. Desde lo lejos piensan en la obediencia y en la tentación de las valquirias. Un pequeño interruptor detenido en: no incendies esto. Nerón no tuvo mejor suerte. En el curso de cinco días la gran ciudad del mundo conoció las ruinas, una de tantas. Al tercer día el senado  convocó a una junta de especialistas. La tarea, simple en su enunciación, era la de levantar Roma. Hagan sus maravillas, dijo un allegado al César.
Publio Quinto entendió el mensaje, van a colgar nuestras cabezas si no dejamos este desastre en orden. En su estudio trabajaban casi ochenta personas. Tipos rudos que manejaban el mármol como si fuese plastilina. Bajo sus órdenes tenía a la mejor mano de obra de la ciudad, con una salvedad: Publio Quinto era un pésimo arquitecto. De lo peor.
Sus cargas siempre se descompensaban y no era de extrañar que alguno de sus edificios (la mayoria) termine inclinado. Sobre sus pésimos antedecentes se encontraba el destino de la mayor ciudad de la civilización occidental. Nada que no lograra un par de amistades con influencia. Publio Quinto se los conocía a todos, hombres de grandes domus sabedores de contactos. Ellos movían los hilos por él y Publio hacía su cosa, bueno, eso que daba por llamar arquitectura.
Grandes barcos llegaron desde Galia e Hispania. Los materiales de construcción más ordinarios del universo, esa era su cargo. También los más económicos. Publio Quinto siempre solía amasijar grandes fortunas con estas nimias diferencias, ¿Quién notaría un denario menos? ¿El César? No lo creía así. El arquitecto se consideraba astuto, como el zorro, difícil de atrapar.
Las obras se extendieron a lo largo de todo el año. Un mes antes de lo previsto se produjo el renacimiento de Roma. Todos los romanos no podían contener la sorpresa. La ciudad había quedado preciosa. Aún más que la anterior. Una belleza de otro mundo. Muy diferente a ese acueducto que perdía agua a la mitad del camino.
El mismo Nerón fue el encargado de inaugurar una de las obras mimadas de Publio Quinto, el Domus Aerea. El palacio tenía siete pisos, todos con incrustaciones de piedras preciosas. Fue una mañana soleada de otoño, uno de esos días en que las alergias no perdonan a nadie. A nadie, ni siquiera a un emperador. Un estornudo cortó el discurso de Nerón. Seguido de otro estornudo más pequeño. Y otro mayor. El culpable, aunque suene increíble, fue el segundo.
Un pequeño estornudo desmoronó la mitad de Roma. Las paredes caían de modo que el papel más delicado era una viga de hierro en comparación. Un edificio tras otro cayó, junto con la reputación de Publio Quinto, ya antes mancillada pero no así descubierta, hasta ese momento. Nerón mismo tomó cartas en el asunto. Publio Quinto fue servido en alimento a los perros. Y la muerte le llegó al gran arquitecto romano, más no por las mordidas. Un gran muro del Domus Aerea cayó sobre su cabeza.

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