lunes, 15 de mayo de 2017

Día 1089: Incitador

Así no ahorramos para sustos, dijo un señor que formaba parte de la cola. Lo dijo un poco alto, como para que el guardia de seguridad lo escuchara. Usted entienda señor, soy un hombre asustadizo, hipocondría del miedo, saben, todo un show. El guardia, atento al señor con poca cordura, descargó el golpe sobre su cabeza. Un hilo de sangre navegó la unión de los cerámicos. Lo mató, pedazo de bestia, gritó una señora. Lo mató, asesino, asesino.
Se congregaron. Este banco perdió la seguridad. Queremos respuestas. Y la insurrección no tardó en consumarse. Los más viejos hacían barricadas, mientras que un par de hombre aprovecharon la situación para hacer un ajuste de cuentas, uno pequeño. El banco tiene nuestra plata, declararon, es hora que nos devuelvan a nosotros, al pueblo, lo que nos pertenece. Esas personas les recordaron unos graffitis que aparecían en algunas paredes de la ciudad, decía: la propiedad privada es un robo. Una frase graciosa, por cierto.
Levantaron al muerto y lo hicieron su Jesús. El santo patrón de los ladrones. Y curioso, el muerto en realidad no estaba tan muerto. Lo creyeron así, por supuesto.  Así sirven los mártires. El hombre quiso decir algo, y el fervor de la gente agolpada en los cajeros desoyeron sus murmullos. Nadie creería sus palabras, aunque obedecieron, a la larga: "prendan fuego todo, prendan fuego todo"

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