lunes, 22 de mayo de 2017

Día 1096: Pirámide invertida

El faraón tenía órdenes que obedecer. Desde que asumió el cargo su poder se basó en una mentira. Un títere con muchos hilos. Cada palabra, mesurada, bajo el control de los verdaderos gobernantes: el pueblo. Lavame un gato, limpiame el patio, honrame a Ra. Todo lo hacía por su gente. ¿Era un tipo bueno? sí. ¿Honraba a la democracia, aunque nadie conocía el término por esos lares? sí. ¿Podía decir acaso que no? No, no y no, todo sí. Sí esto, sí aquello. Dicen que una vez le pidieron prestada a su mujer, y ya pueden imaginar cuál fue la respuesta del faraón.
Desde luego no todo era bueno en Egipto, estaban las plagas, el tráfico de esclavos y por supuesto, los arquitectos locos. De acuerdo a los historiadores más prestigiosos, Egipto contaba con la mayor cantidad de arquitectos locos en todo el imperio romano. Era de esperarse. Venían con grandes papiros que explicaban sus locos proyectos, y el faraón, con una sonrisa en el rostro, les extendía la mano y decía la palabra mágica.
Los arquitectos locos pedían sumas alocadas para llevar a cabo sus obras, con las cuales vivían a costa del faraón por años. De todos los arquitectos locos nadie estaba más loco que Usi Thabit.
Usi Thabit soñaba en grande, en pirámides. Quería construir una pirámide enorme, una que deje en el olvido al idiota de Keops. De acuerdo a sus planos, la punta de su pirámide debería rozar la luna, eso de acuerdo al ciclo lunar, siempre aclaraba. Cuando su trayectoria se acerque a la tierra, tocará la punta de mi pirámide.
El arquitecto lo tenía todo pensado, en la cúspide la punta sería cóncava, así la luna puede pasar sin causar daños a mi piramide. Grandioso, dijo el faraón, ¿Cuánto necesita? La palabra mágica. El sí cuasi divino. Usi Thavit gesticuló con sus manos, como si fuese una enorme naranja, como para abarcar todo el oro que necesitaba. La mitad del tesoro, según sus cálculos. El faraón endureció su rostro. ¿Seguro? Usi Thabit se puso rojo. Me atraparon en el engaño, pensó. Muero en mi ley. Afirmó sin decir palabra. Porque si necesita más oro, me avisa. Sabe usted que amo a las pirámides tanto como amo a mi pueblo. Alivio.
El plano de la gran pirámide tenía kilómetros de extensión. Es que está en escala, le decia Usi Thabit a los esclavos que acarreaban piedra. En tres meses termino, dijo el arquitecto, para sorpresa de muchos. Nadie, salvo él, conocía su metodo revolucionario de construcción. Piedra sobre piedra y luego tallar. Eso de colocar soportes y medidas era para los principiantes y poco aventureros. El llegaría a la luna tan pronto como nadie. Tres mil codos reales, según sus calculos.  Algo así como unos mil quinientos metros. Y tres meses fueron suficientes para que el edificio no aguante su propio peso. Se desmoronó encima de Usi Thabit. Los contemporáneos lo llamaban su tumba. El faraón no se enojó mucho ante el desperdicio de riqueza del reino, dado que era un sujeto poco propenso a esa clase de molestias. El tiempo pasó en Egipto y el monumento fallido de Usi Thabit juntó arena. Tanta como para formar un montículo y desvanecerse por siempre en las afueras de El Cairo.

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