viernes, 26 de mayo de 2017

Día 1100: La herida auto inflingida

Caí en la sinestesia consecuente, insistente, de parecerme a mi mismo. Me imprimo en una hoja de fax que se parece a un papel higiénico y soy ese fruto de la Biblia si creyese en algo sagrado. Moriría si pudiera hacerlo, si no me faltara la fuerza para atravesarme una máquina de afeitar a lo largo de la vena. Sería eso y más, el feliz insolente que se sopla los mocos. Podría ser el amigo de las mujeres, el confesor sufriente. Tal vez caería en las redes de tratas, mientras busco porno infantil en la deep web. Tal vez quiero ser ricitos de oro y comerme la sopa caliente. El frío del alma que no me da campera. Y me siento en la vereda piedra discriminar a la gente que pasa, si negro, chino o puto. Podría tomarme todas las pastillas si no fuese tan cagón de mentirme en mi propia presencia. Voy a abandonar el edificio por la puerta de atrás, mientras la sirena del incendio me tape los oídos. Voy a morir porque quiero y no sé como hacerlo. Necesito el manual de morir. El necromicón de morir. Quiero ver a Boca campeón. Quiero acordarme de las caras. Quiero tomarme todo el vino. Quiero explotar por los costados. Seré el gordo chancho hijo de puta cagador mala gente. Voy a ser la emoción perdida. El condimento. Y esa será mi muerte.

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