jueves, 8 de junio de 2017

Día 1112: Hodor

José tenía un oído asombroso. Era capaz de reconocer una banda de folk pop de Nepal en microsegundos. Más rápido que Shazam. Nadie parecía hacer mella en su sapiencia musical. Sus oídos se conectaban al mundo y así le venían las respuesta, una conexión mística, tal vez, magia, por ahí. No importa, el caso es que José dedicaba mucho tiempo a explotar su cualidad auditiva. Todo el tiempo. No paraba un puto segundo. Era insoportable. A sus amigos los volvía locos. La mayoría se cansaba de él en menos de una semana. Las mujeres se le alejaban. Ni siquiera el más melómano podía aguantarle el tranco. Empezaba con sus bandas estonias y ese grupo de tambores de Etiopía que alguna vez intentó grabar un tema y no pudo porque uno de los músicos se descompuso en la sala de ensayos. También estaba esa historia del saxofonista ruso que grabó un disco solo con sonidos de su boca. Curioso. Como todo lo que salía de los labios de José. Nadie lo soportaba.
Era el alivio más grande del universo cuando se callaba, algo que casi no ocurría, porque en sueños solía mencionar bandas de black metal esquimal. Se despertaba con una melodía que en teoría Beethoven tachó de una famosa sinfonía porque le parecía que era  un motivo aburrido, que se repite. Y lo tachó, para que más de doscientos años después José lo recordara. Y es curioso, como todo lo que viene de José, que en su entera vida tocó un solo instrumento. José no tenía ritmo, cantaba para el diablo y una vez se le cortó una cuerda de la guitarra y casi le arranca un ojo. Le quedó una cicatriz a la altura del pómulo derecho, de por vida. Recuerda que has de ser, nunca un músico. Quizás de ahí vino su locura, de un frustrado por la vida, o no, capaz sí era algo mágico, o una inteligencia superior, quién sabe. Lo único cierto en esta historia es el hecho de la insoportable insoportabilidad de José. Nadie, pero nadie lo soportaba, ni siquiera su querida madre, que no se animaba a contar el porqué de su sordera. La edad, no, un accidente, tampoco. Bueno, sí un accidente, tal vez, autoinflingido. Las agujas de coser atravesaron los tímpanos de la madre de José una y otra vez, pero eso no le contó a su hijo, porque las madres, así de insoportables y todo, a sus hijos los quieren. Aunque sea José.
Un grupo de personas, cansado de esta situación, se juntó para solucionar a José.  Lo soportaban un poco más y algo lo querían, si dejaban de lado la monotemacidad y esa historia del cimbalista filipino que una vez se compró un gato y le enseñó a maullar los primeros tres acordes de un tema de Rush. Lo querían un poco, así que decidieron curar al veneno con su propio veneno. La trampa fue una cena. Uno de los casi amigos se apartó de la mesa con la excusa de poner algo de música. José hizo una sugerencia que fue desatendida, por supuesto. Y la melodía sonó. Un coro de pedos. Una sucesión disonante de pedos, uno tras otro, sin pausas. José pensó, lo conozco de algún lado, me suena, pero no, la duda, la maldita duda. Había controlado a la criatura del portal con ferocidad. Era un guardián aplicado. Hablar de música, por más estúpido que a José le resultaba, la calmaba. La criatura detestaba la sabiduría musical. Ya va a caer. La duda. La oportunidad. Tomó el mando y organizó los cubiertos. Hoy comería carne.

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