jueves, 29 de junio de 2017

Día 1132: Interrupción interrumpida

Alfonso se propuso un día hacerle el amor a todas las señoras. Señoras de edad avanzada. Viejas. Quería cogerse viejas. Eso. Pero tenía un problema, era demasiado pobre para invitar a una señora a tomar un café. Alfonso era educado y no se las quería violar, aunque sabía que para hacerlo del modo adecuado, necesitaría dinero para el café y para el hotel, porque no tenía casa propia. Alfonso vivía en la calle rodeado de una jauría de perros. En algún momento lo pensó también, pero la zoofilia no es muy higiénica que digamos. Así que las viejas.
Con la barba y la camisa media rota Alfonso estaba a la moda. Parecía un cineasta recién llegado de Hollywood. Allá si saben lo que es la mugre corporal. Crotos con plata, eso son. Alfonso solo tenía que concurrir a un bar y señalar a la víctima. Todas. Pero de a una. Tampoco tenía veinte años. Hay que mesurar la energía. La libido, decía Freud. En sus venas corría un ímpetu animal mejor que todo viagra o estimulante vegetal.
Las llevaría al baño, si se prestan, o al auto, si tienen. Con suerte le pagarían el servicio, como un buen gigoló.
Eligió primero una rubia de unos sesenta y largos. El renacer sexual. Cuando la menopausia es cosa de la edad de piedra.  Lo hacen si quieren, porque pueden. Con ese ímpetu atacó Adolfo. Y la estrategia fue buena. La vieja señaló que hoy su departamento iba a estar vacío. A las siete viene mi hijo de visita. Eso nos deja tiempo, corazón.
Tiempo. Eso a veces sobra. No esa tarde. Los minutos apresurados, entre gemidos y balbuceos, se deslizaban a través de las agujas del reloj. El contoneo de la cintura de Adolfo, un vaivén en sintonía, circular. La vieja era todo frenesí, un alegato a la lascivia. Tres veces en cuatro horas. Horas como segundos. Tiempo. Convención humana. Relojes y tic tacs. Nadie se puso a pensar en eso. Nadie vio ese minutero acelerado dar el cero de la hora siete.
A eso de las siete y cinco cayó el hijo. Y la nieta. Y la nuera. Y un amigo de la familia. Y el marido. También un perro, que por una extraña razón no paraba de ladrar a las personas que se encontraban desnudas sobre la mesa de la cocina. Quizás estaba celoso, capaz quería su turno en el festín sexual que su nariz olfateaba. Nadie dijo palabra. El marido se tomó el pecho con la mano derecha. Ya lo sabía de hace rato. Vieja cachonda. No la sigo, va muy adelante. Hay que dejarla ser. Y así fue. Fueron. Eran y serían por un par de horas más.

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