martes, 11 de julio de 2017

Día 1144: Otro negocio arriesgado

Por algún lado lo leyó, o quizás por internet. El asunto es que a Don Nicasio se le había ocurrido otro negocio arriesgado. El hombre de las apuestas, ese era Don Nicasio. Un buen capitalista, hecho y derecho, con su capital debajo de los brazos y unas ganas locas de meterlo en la empresa que se preste a generarle más dinero. Ese era Don Nicasio. Luego de años de vagar en el desierto se le ocurrió una idea genial. Fábrica de paraguas.
Eso. Fábrica de paraguas. Se viene el diluvio universal, así lo anunciaban, con grandes marquesinas. A Noé le pasó y tuvo que salvarnos a todos. Ahora es mi turno, se relamía Don Nicasio. Una llamada a sus inversores en Londres y en dos meses la fábrica estaba montada. Un pequeño recordatorio: Don Nicasio es tan millonario como Bill Gates. Tal vez más, es un hombre humilde cuando se trata de exponer sus fortunas. Siempre se negó a aparecer en la revista Forbes porque no es su perfil. Don Nicasio es un tipo de entrecasa, un hombre de desierto. Diez años en el desierto del Sahara lo atestiguaban. Ahí mismo tenía montado su Bar del Desierto. Las ganancias del emprendimiento eran nulas, pero ¿quién iba a cuestionarlo? En Londres había gente capaz, gente con más cerebro, gente que evitaba que perdiera dinero a costa de dejarlo en paz con sus negocios arriesgados. 
Don Nicasio no era cualquier persona. Era un millonario con suerte. La vida tenía sus maneras de hacerle llegar el mensaje equivocado. Y así es como él creía estar en lo correcto. Hasta las últimas consecuencias. Y también con la fábrica de paraguas en el desierto. No vendió uno solo. Ni un cliente. Tampoco llovía demasiado por esos lugares. El diluvio universal no llegó. Los paraguas ahí quedaron, guardados, para una mejor ocasión. 

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