lunes, 17 de julio de 2017

Día 1149: Seis de mayo

Aburrí. Corté con mi pareja un cinco de mayo, a falta de una mejor fecha, y desde entonces intento recuperarla. Le envío flores, mensajes. Una vez le regalé un elefante. Sé que le gustan los animales grandes. Capaz exageré, lo sé. Intenté olvidarla, después me viene a la cabeza esa cosa de los mexicanos y la tequila y se me van los pensamientos otra vez. Me ahogo en ella, es mi fuente, mi tortura chica. Es ella. Así la quiero. Es un desmadre mi vida.
Tu cara se me aparecía en la televisión, en los crucigramas. También en el baño, durante esas tareas asquerosas a la que nos consagramos los seres humanos. Una vez probé con el suicidio y me di cuenta que no era lo mismo. No sirvo para matarme. Tampoco sirvo para vivir. Esta cosa entre medio que sos lo que fuimos es algo que me mata en vida sin matarme. Y me confunde, mierda que me confunde. También me hace enojar, pero eso no pasa siempre. Soy un tipo tranquilo a pesar de las apariencias.
Leí filosofía y algo de autoayuda. No encontré nada. Me sentí como ese nabo de la canción de The who que busca, busca y nada encuentra. Un fracaso absoluto. Ahí, derecho a la nada misma. Intermitente, como todos mis proyectos. Tengo un trabajo a medias. Una familia a medias. Un corazón a medias. Y una relación partida que a veces dudo pueda recomponerse.
Ese cinco de mayo mi orgullo mexicano se enciende en una botella de mezcal a medio vaciar. Me pregunto dónde dejé el gusano. El gusano de la vida. Que quita y trae. No sé. Me lo tragué. Me sale bien emular canciones estúpidas. Como esa de the who. Canciones que transpiran filosofía a través de esos cuerpos cargados de música vacía. Música de nada. Pero no olvido que la quiero, aún en la imposibilidad de mantener el alimento en mi estómago. Puedo vomitar toda la noche en su honor, es mi homenaje. Esto puede ser lo mejor de mí. Y otra canción va.

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