miércoles, 30 de agosto de 2017

Día 1183: Intercambio de ideas

Edelmiro viajó a la capital con un solo objetivo en mente: cambiarse el nombre. Mentira, tal vez compraría algunos dólares, y también uno de esos celulares inteligentes. Acá en el campo no hay emoción, solía decirle a su padre, mientras estiraba la ronda de mates con los ojos perdidos en vaya uno a saber qué. A Edelmiro le consumía el cerebro pensar en la gran ciudad. No dormía, tampoco trabajaba. Era una carga para su familia. Así y todo no dejaban de quererlo, por eso lo enviaron a la capital. Para que se despabile.
Unas vacaciones forzadas, diría mamá. A ver si sienta cabeza. Que se baje de las nubes, decía su hermano mayor, un hombre de tambo, con el temperamento suficiente como para parar a un toro con la mirada. A Edelmiro la ciudad se lo comió. Cayó en mal día, en mala hora, en mala época, mal todo. Apostó un pleno a la ruleta del destino y salió mierda.
El comandante Glorck planeó por siglos la visita. Tenía su discurso estudiado. Acá las colonias. Allá los esclavos. Todo al detalle, nada que se escape a sus cuatro cerebros. El visor de campo magnético indicó las coordenadas para el aterrizaje. Era una ciudad populosa. Mejor así. Un planeta no se conquista en un mes, si no lo haces en menos de una hora, no servís para eso, algo así era el dicho de su abuelo, Afork el conquistador. Al abuelo se le daba bien eso de conquistar planetas.
Edelmiro oservaba con incredulidad la nave que aterrizó justo enfrente suyo. Debe ser un agente de turismo, pensó. Una estela de humo brotó del mecanismo de apertura de la rampa de salida. Un sujeto verde sostenía un papel entre sus dedos, o tentáculos. Parecía explicar algo. No, es una oferta para comer. Papá le advirtió acerca de los extranjeros. Son todos comerciantes y ladrones. ¿Así lo dijo? ¿Comerciantes y ladrones? ¿O era ladrones y comerciantes? No importa. Ante todo defendete hijo. Tenés que defenderte. Demostrale que sos de campo pero no boludo.
El comandante Glorck desenrrolló el papel que contenía su discurso preciado. Aclaró una de sus dos gargantas y balbuceó con la grandeza de un emperador de grado ocho. Oh, terrestres, admiren el poder de nuestra civilización, asuman lo peor, no hay escape, y otra suerte de frases comunes expresadas en un confuso idioma de cincuenta años luz de distancia. El terrícola se acerca, un súbdito, dijo el comandante Glorck, acerca, acerca, hombre. Y se acercó.
Tal vez demasiado cerca. Sus miradas no fueron capaz de sostenerse. Edelmiro lo fajó lindo al extranjero. Que viene a su capital a comerciar y robar, o a robar y comerciar. Debe ser un senegalés, por eso el color de piel. Un poco verde, es cierto. Pero todos sangran igual. Una piña, dos piñas, tres piñas. No más piñas. El extranjero no ofreció resistencia. Las personas que pasaban por ahí poca atención le prestaron, ¿a quién iba a interesarle un encuentro cercano del primer tipo a esta altura del día?

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